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Antiguo 25-ago-2006, 10:46   #1
Pablo Ruiz de Leon
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Predeterminado Los hijos del olvido

Los hijos del olvido

Cuando generalmente soñamos, lo hacemos no durmiendo, sino la mayoría de las veces estando de día. Cuando nos aislamos del mundo por un instante de tiempo largo, comenzamos a pensar en nuestros sueños, en nuestras frustraciones, en nuestras alegrías, en nuestras penas. Cuando soñamos, lo hacemos desde el corazón hacia fuera. Cuando soñamos, salimos del mundo por un instante, y creemos que dominamos el mundo, o que somos aves, o que somos los príncipes y princesas que soñamos desde siempre.

Los hijos del olvido, soñaban simplemente con amar por un instante. Los hijos del olvido, son muchos en esta tierra, quizás no se reconocen como hermanos, pero están unidos por ese sentimiento que, por un momento, carcome las entrañas del corazón: el olvido. Amalia era una de las tantas y tantas hijas del olvido. Amalia, vivía en una ciudad cualquiera de este largo país, de esta larga tierra. Amalia, era una adolescente cualquiera, la cual venía saliendo de quedar sola por mucho tiempo. Amalia, llegaba como siempre a la sala de clases, caminando, mirando al cielo a ver si caía alguna gota de lluvia del desolado cielo, desolado como su corazón. A pesar de que en ese tiempo, ella no pasaba a ser una hija del olvido, de todas maneras esperaba que alguien le acompañara.

Amalia, un día cualquiera, vio entrar a Joaquín, un compañero de salón con el cual no hablaba nunca. Era sólo uno más del montón de estúpidos que estaba allí sólo para conversar, sólo para hacer nada. Joaquín vivía en su mundo, Amalia, en el de ella, y entre ambos, una total indiferencia. Amalia, viajaba recurrentemente en micro, algo incómoda, algo tambaleante. La gente, con sus caras de pena, no le hacía nada más que recordarle que estaba sola. Mas un día, en uno de los trayectos al liceo, sin quererlo, tropieza con Joaquín.

Un par de palabras y se acabó la primera conversación. Pero conforme pasaban los días, las conversaciones pasaban a más. Las miradas ya no eran de indiferencia y de ingratitud: pasaban de a poco a ser de amor. Pero, ¿Cómo saberlo? ¿Sería una simple atracción o algo más? De vez en cuando, las miradas de ambos se desviaban hacia sus rostros. Comenzaban de a poco a respirar juntos, a cantar juntos la misma melodía. Comenzaban ambos a enamorarse.

Un día, en los recurrentes trayectos en micro, Amalia se encontró con Joaquín. Ella, nerviosa, sentía que algo pasaría, que ese viaje no sería normal. Ella, con el nerviosismo a flor de piel y con las hormonas alborotadas, comenzó a cantar, cosa que a ella le gustaba. De repente, cuando estaban conversando de la inmortalidad del cangrejo, a el le brotaron las ganas de besarla y, sin pensarlo un solo segundo más, se atrevió. Fueron los segundos que marcarían la vida de ambos. Comenzarían a partir de allí a respirar juntos, a sentir juntos, a comer, a viajar, a soñar, a olvidar que eran hijos del olvido. Comenzaban a vivir un año y medio de amor.

Amalia y Joaquín vivieron un año y medio de amor. Para qué narrar las hermosas cosas que vivieron, para qué comentar lo felices que eran. Pero todo comenzó a cambiar al cabo de un tiempo.

Las hermosas poesías que el escribía a su amada ya no eran con la misma fuerza, con la misma inspiración. El amor comenzaba a desgastarse, a evaporarse mágicamente. El hechizo se acababa. Un día sin quererlo, todo se acabó. Amalia y Joaquín decidieron separarse, decidieron alejarse para no volver jamás a encontrarse. Amalia pasaba a ser otra hija del olvido.

En un lugar de esta ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme, Donato soñaba despierto. Es que el tiempo para dormir no era mucho, ya que vivía lejos. Era un sacrificio ir a estudiar. Bien, Donato llegaba a este liceo para ver el rostro de Fernanda. Ella, una muchacha distante de el, comenzó a atraerle. Donato, no era muy agraciado, no era muy atractivo para Fernanda. Ella, hermosa como siempre, un día, sin quererlo, comenzaron a conversar. Quien diría que un simple reloj comenzaría una historia tan hermosa, tan llena de altos y de bajos. Las horas no existían junto a Fernanda, las horas simplemente se las había llevado el viento. Ahora, Abril caería todos los días el día 23, ahora, el año ya no se veía más. Ahora, Donato era lleno, estaba ella.

Se pasaron, posterior a la conversación, los números de teléfono, y acordaron de juntarse un viernes. Ese viernes, los ojos ya no eran de amigos, o de simples conocidos. De a poco, esos ojos comenzaban a mirarse con ojos brillantes y cristalinos. Los ojos, comenzaban a llenárseles de amor.

Fernanda, en el fondo de su tierno y frágil corazón, quería algo más. Pero el inseguro Donato, estaba temeroso. No quería una decepción más para agregar al historial de amores. Donato no quería que su poco atractivo rostro le pasara la cuenta. Esta inseguridad latente y presente en cada mirada, tenía loca a Fernanda, la cual quería un respuesta ya.

El tiempo comenzaba a pasar, los días, las semanas tenían por nombre la palabra angustia. No sabía si era correspondida, o era sólo un juego de feeling. Bien, ahora ella quería una respuesta. Y decidida a ello, tomó la determinación de pedirle una repuesta ya. El, no se atrevió a decir que sí. Esto, alejó más a Fernanda del camino de Donato, lo cual los separó. Donato, sacando pecho, quiso conversar con ella, pero no tuvo resultados. Así, estaba, siendo otro hijo del olvido más, soñando con que respondiera, con que le dijera que sí. La inseguridad lo mataba. Todos los hijos del olvido soñaban con algo bueno: Donato soñaba con que Fernanda fuera suya.

Dentro de esa ciudad, pero en otra parte, otro hijo del olvido, Nicolás, soñaba con un mejor rostro. Este era su principal complejo a la hora del querer: las mujeres siempre se fijan en lo de afuera, pero no miran el corazón. Nicolás, escribía, y bonito. Pero tropezaba en salir adelante por dos razones que eran de demasiado peso: no tenía las oportunidades para salir debido a la pobreza en la que se encontraba, sin un computador en qué pasar en limpio sus hermosas cartas y poemas, y que no tenía a quien amar. Su corazón, temblaba de alegría al enamorarse, pero lloraba de pena al botar tanta creatividad al olvido. Nicolás era un hijo del olvido que parecía que allí se iba a quedar la vida entera, más en una parte especial del año apareció Andrea. Una niña de cabello negro, de los ojos importados según decía, de tez morena y callada, paciente, tenue como el viento. Nicolás se sentía feliz de poder querer, pero su piel morena, su demasiada habladuría y su rostro poco agraciado, lo hacían sumirse cada vez más en la pena, en la tristeza, en las lágrimas, en el olvido.

Nicolás, de a poco, comenzó a conocer a este misterioso personaje, quien le sirvió de aliciente para seguir viviendo. Andrea era su nueva vida, Andrea era el sol que la iluminaba, Andrea, era su alma. Nicolás, era capaz de dejar familia, vida, alma amor, casa, tierra, poesía, corazón… todo por sentir que alguien le recibía su amor. Nicolás, quería sentir que podía amar y que podía ser amado. Nicolás estaba cansado de mentirle al mundo y decir que estaba con alguien para no quedarse atrás en amores. De que había amado, lo había hecho, pero lo que pasaba era que no era correspondido. Nicolás, primero le sonreía como forma de cortejo, más tarde, le conversaba. Mas después, ella, jugaba ya con el. Desde que, sin quererlo Nicolás, su espalda era una batería, hasta que se pegaban en los zapatos. Bien, quizás la gente lo encontraba ridículo, pero el estaba feliz
y… ¡Qué importaba la gente! ¡La tenía a ella al lado!

Nicolás se enteró de que Andrea, había comentado que era el último hombre en la tierra con el que le gustaría estar. Bien, allí Nicolás cayó en la pena, en la tristeza, en la recurrente soledad…

Pero estos tres hijos del olvido comenzaron a entrelazarse. Donato, Amalia y Nicolás, eran compañeros de clase. Los tres comenzaron a juntarse más seguido. Donato, había encontrado lo que buscaba: Fernanda le había contestado que sí. Pero Amalia y Nicolás, estaban solos, eran hijos del olvido aún. Comenzaron a conversar más frecuentemente, hasta que en Nicolás se despertó una suerte de amor por Amalia. Bien. En la vida de esta mujer apareció nuevamente Joaquín, su amor de año y medio, y un amigo, con el cual estaba confundida. Amalia, tenía el corazón dividido en tres. No sabía que camino tomar.

Esto, hasta que un día comenzó a pensar en serio. Antonio, su compañero, era más visto como un hermano por ella. Antonio, no podía ser. Era más que nada una atracción que no sería correspondida. Bien, Joaquín todavía dejaba huellas en el frágil corazón de Amalia. Pero Nicolás, un hijo del olvido al igual que ella, la dejaba confundida. Nicolás, la hacía sentir bien, en paz, tranquila, pero Joaquín, con su mirada romántica, le hacía pensar en el pasado y querer volver a revivir ese año y medio de amor. Bien, Nicolás, con su corazón temblando, le dijo todo lo que sentía hacia ella. Pero, Amalia recordó aquel beso en ese autobús. Ese beso que hizo que con Joaquín respiraran juntos, vivieran ambos en uno solo. Iba de primera a decir que sí, pero ese recuerdo, esa luz del recuerdo, le hizo cambiar de opinión. Entonces ella, buscó a Joaquín, lo encontró, y desde allí no se separaron más. Joaquín, hacía pasar a Amalia fuera de los hijos del olvido. Así tenía que pasar y así ocurrió. Todo volvía a su cause, todo debía pasar así. Jamás debieron haberse separado.

En tanto, Nicolás estaba listo para irse de aquella escena de terror. Andrea, apareció sola de repente, cosa curiosa. Luego de conversar largo rato, decidieron quedarse juntos tomando un café. A partir de ese café, no se separaron más…

Esta era la historia de estos tres hijos del olvido. Estos hijos que soñaban con que alguien los quisiera, con que alguien los amara, con que fueran correspondidos. Los hijos del olvido ahora ya no eran olvidados, ahora eran de alguien. Los hijos del olvido ya no eran hermanos por el olvido, ahora eran amigos de la alegría.

Todos alguna vez fuimos hijos del olvido. O algún día lo seremos. Pero, aunque las cosas se vean difíciles, como a estos tres hijos del olvido, hay que tener en mente una sola cosa: que algún día todos los que somos o seremos hijos del olvido encontraremos a alguien. Y ese alguien puede estar aquí, ahora, cerca. Hay que sólo saber que todos vinimos solos, que estamos de paso. Pero, en este corto paso por aquí, no hay que perder las esperanzas en encontrar a alguien. Porque en pareja vinimos y en pareja hay que terminar, porque más temprano que tarde saldremos de ser hijos del olvido.


Noche del 24 de Agosto de 2006
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