Estuve esperando por años esta oportunidad; aunque era poco probable que alguna vez ocurra, el hecho es que esa mañana vi que mis vecinos de enfrente se despedían efusivamente entre si; ambos padres estaban viajando con el menor de sus hijos (por el número y tamaño de las valijas debe ser un viaje largo y extendido en el tiempo). Dejaban a cargo de su casa a sus dos jóvenes hijas mellizas, a cual mas apetecible, dulce, tierna, turgente, alucinante.
La oportunidad es pasajera, solo se presenta una vez en la vida, sentí la certeza que por fin había llegado la hora de consumar mi sueño más reprimido, aquel inconfesable, macerado por milenios en el oscuro mundo de la locura.
Me preparé desde el atardecer: zapatillas, deportivo holgado, una pequeña mochila con mis instrumentos. Antes de salir a media noche, hice una revisión detallada del plan. Todo debe salir bien, si se ejecuta lo planificado con razonamiento y empeño.
Pocas luces se mantenían prendidas a media noche, nadie transita a esas horas por esta zona. El silencio fue mi cómplice, la oscuridad fue testigo: salí convencido de estar haciendo realidad mi fantasía más íntima, no me interesaba en absoluto la ley, las normas morales, ni los convencionalismos, era esa noche o nunca.
Desperté vestido en mi cama, aproximadamente a las nueve de la mañana por el escándalo que se escuchaba en la calle: me asomé a la ventana y vi el barullo que varios vecinos y dos carros de la policía armaban en la casa de enfrente.
Al salir a unirme a los curiosos, por olvidar mis manos manchadas de rojo, y las salpicaduras en mi cabello, no pude evitar el escándalo; en minutos varias personas me rodearon y frente a las bellas hijas del vecino, no me quedó más remedio que reconocer ser el autor de la declaración escrita anoche en su garaje con pintura roja: “Las amo hasta la muerte y más allá...”
Papá sufrió otra de sus crisis nerviosas al enterarse que deberá pagar los daños a los vecinos, mamá sigue sin hablarme pero ahora ni me mira...
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