Alina y la tristezoteca
Eran años desde la última vez que sintió el descarrilarse del tren de sus sentimientos en la estación central de su corazón (hoy con marcapasos).
Pero ver la sonrisa de Alina después de años de haberla conocido (muy de lejos) fue suficiente: volvió a sentir esa mezcla de pena iridiscente, ansiedad patogénica, angustia genital y derrumbe estructural, que lo habían martirizado en su juventud ante aquellas damitas que sus ojos le obligaron a idolatrar y su timidez le forzó a mantener en el limbo de la introversión consuetudinaria.
Pudo ser una aventura como tantas de tantos otros, pero para él fue la gota que colmó su ánfora de lágrimas.
Tenerla enfrente y hablar con ella, verla, admirarla, desearla, fue solo cosa de una simple erección. Demostrarle respeto, afecto y admiración, fue algo común en su modus operandi heterosexual.
Nada de lo que hubiese deseado que ocurra, ocurrió y fue otra lástima más de su tristezoteca.
Al menos estuve a su lado por horas – se dijo, mientras trataba de calmar su angustia. Prendió un cigarrillo, tomó un sorbo de cerveza, y se resignó a esperar que se consuma la pila de su muleta cardiaca.
Amar fue su condena, permanecer solo fue su perdón.
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