Relatos de la plaga - Maniqui
Luis tomó el último maniqui (uno con vestido corto negro y bordes dorados) por la cintura, lo sacó de la vidriera y lo colocó en la vereda, junto a un auto rojo.
Lo manipuló para que quedara agachado y el brazo extendido, como si estuviera cerrando o abriendo el vehículo.
-¿Quedó bien, no? dijo Luis dirigiéndose al grupo de perros aburridos que lo observaba. Estos se limitaron a rascarse o ignorarlo.
Luis se sentía solo. Su novia había muerto ya tres meses y la última persona con la que habló (Tommy, un pibe de unos 15 años) había fallecido en sus brazos hacía 72 días atrás.
Pobre Tommy. Cuando lo encontró ya le quedaba poco. Luis lo cuidó, le dió agua, escuchó sus "cuitas", consoló sus llantos. Tommy le confesó su homosexualidad. Se sentía mal por no haber podido sincerarse con sus padres.
Cuando murió, lo envolvió en una sábana y lo depositó en una cama de la mueblería de la calle Acevedo. Pensó que así descansaría en paz.
Modificó la postura del manequi dos centímetros.
Pasaba algo raro con los cadáveres. No se descomponían, sino que se transformaban en una especie de pasta seca, como aglomerado. Parecían momias peruanas. Nada de olor. Los perros no se les acercaban, y las ratas, bueno, parecía que las ratas también habían muerto.
Un par de días después de la muerte de Tommy, comenzó con lo de los maniquies. Los sacaba de las vitrinas y los colocaba por ahí, algunos sentados en un bar tomando algo o leyendo el diario, otros haciendo fila en una parada de ómnibus, mirando vidrieras, paseando. Era como una catarsis, un juego. Los maniquies eran su única compañia. Y los perros, que solitos se le fueron arrimando. Miles de años de convivencia no fueron al pedo.
Juntó sus cosas y empezó a caminar para el lado del Shopping Abasto. Acá seguro que estaba lleno de maniquies, ¡decenas de ellos!. Los perros se levantaron y lo siguieron.
|