Cría cuervos...
Sus ordenes se debían acatar sin tardanza, reflexión o mal gesto. Era el sostén de la casa, el pilar mayor del hogar, quién traía el pan de cada día, la presencia de Dios en la casa, el alpha y el omega, papito, para mayor detalle.
Él tuvo una infancia difícil, crecer durante una gran depresión, y no haber sido comerciante de alcohol, minero o político, le hizo la vida muy amarga. El resto de traumas procedían de mis abuelos y sus desavenencias cotidianas. Había crecido y avanzado, sus logros eran del todo propios y exigía respeto en su casa: su castillo, su hacienda.
Yo era uno de sus cuatro hijos, el tercero y menos manso. Papá era un buen hombre, pero yo creí odiarlo, como se puede odiar a un padre que no nos maltrató gran cosa, dice querernos y nos impone su voluntad. En su casa, mandaba él, y punto final.
Yo solo quería por mi parte, hacer lo que me cante mi caprichosa gana inmadura y a mi madre (con tal de que no le haga enfadar) poco le interesaba, si generalmente me salía con la mía.
Pero el día que por haber reprendido con uno o dos sopapos de moderada intensidad a mi hermanito menor, mi padre canceló mi permiso para ir a cazar patos con un tío maniático por la sangre animal, marcó un hito en mi existencia.
Juré vengarme y no dudé en hacerlo, inspirado por una película vista en la televisión. Subrepticiamente, me ingenié para robar un poco de lápiz labial y en la madrugada, el día en que mamá hacía el lavado, me aseguré de manchar con evidencias de traidores besos el cuello de la camisa de papá y su calzoncillo de níveo algodón.
En la película, se armaba un lío enorme, y casi acababa en divorcio. En mi realidad, efectivamente se armó un lío enorme, pero este acabó en divorcio y pleito civil.
Yo terminé criándome con mi padre. Siempre agradeció el apoyo que le di luego del divorcio y la pérdida de buen número de sus esfuerzos, ¿Qué otra cosa me quedaba por hacer?
.......
|