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Antiguo 17-ene-2008, 13:05   #1
Junior Member
 
Fecha de Ingreso: enero-2008
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Mensajes: 4
Predeterminado "Abstrusos Corredores"

¡Hola! Mi nombre es María, y como seguramente notarán, soy nueva en el foro.
Desde muy chica me ha interesado la literatura, con leerla no me bastaba, sino que también desde siempre intententé escribir alguna que otra cosa, aunque mi redacción las primeras ocasiones resultaba horrenda, y terminaba frustrándome.
Ahora, con mis cortos 14 años, estoy metida de lleno en el mundo de la literatura.

Acá dejo un escrito, uno de los más recientes que tengo, espero que lo lean, y me dejen su opiñón respecto a él.

Saludos!



Abstrusos Corredores:

Resonaban mis pasos en el ancestral mármol que recubría el suelo de aquel enorme e imponente antro. Decía algo diferente cada vez que mis pies desnudos lo acariciaban. Cantaba, lloraba, reía, y hasta en ocasiones osaba insultarme. No me conoce, es eso lo que sucede. Y realmente me aflige que así sea. Mi amante, señor Egocentrismo, es mi único acompañante desde que la única persona que en verdad me valoraba se disolvió.
Me acosa, y me obliga a hacerme sentir miserable todo el tiempo, aunque él crea que me brinda una ayuda excepcional. Y en este mismísimo instante vuelve a torturarme, tomando las riendas, sutilmente, de mis dos cansadas y rendidas neuronas.
El maldito Egocentrismo es tan fuerte y cruel que está comenzando a desfigurar mi rostro con un cortante dolor. Tan afilada está la hoja de su navaja verbal que los zócalos han empezado a preguntarme si realmente me encuentro bien. Estoy segura que ellos me recuerdan, y aunque no quieran decirlo, me extrañan considerablemente. La afectuosidad que demuestran al dirigirse mí es idéntica a la suya, pero en tiempos pasados... Ahora él no es capaz, siquiera, de demostrarme como se siente en realidad, si de verdad me ha olvidado, como juró hacer, o si al menos me tiene reservada una diminuta y empolvada habitación en su cabeza, o en su corazón.
Con que tan solo mi silueta sea un borroso fantasma de lo felices que habíamos sido en un tiempo no muy lejano, será suficiente como para que salga satisfecha de aquí... Pero Egocentrismo vuelve a molestarme, a turbarme... Pensamientos que creí haber aniquilado, reviven, para molestarme una vez más, como pesados y vengativos fantasmas.
“El mármol debería reconocerme. Tendría que saber mi nombre y mi apellido de memoria. Alabarme, preguntar si todo volverá a ser como era... Y si realmente él tanto me amaba, si realmente estaba dispuesto a proveerme el universo entero, si de verdad yo era su único pensamiento las veinticuatro horas del día... ¿Por qué estos corredores no están repletos de cuadros míos?¿Por qué no está mi nombre garabateado, una y mil veces, con desesperación, en el rasgado y húmedo empapelado?”

Tomé mi cabeza entre mis manos, y traté de silenciar a Egocentrismo, mientras me sentía la más infeliz de todas. Ahora lo comprendía. Aquellos pasillos estaban destrozados, oscuros y bañados en tristeza y furia porque alguna vez yo había sido su tema principal. Y en éste momento, seguramente yo inspiraba destrozo, deseos de solitaria oscuridad, tristeza y furia en la cabeza del ser que yo más había amado, y sin embargo, el que más había hecho sangrar.
- ¿¡Dónde estás!? – grité. Pero el único que se atrevió a contestar fue mi propio eco. Era obvio que nadie me quería allí dentro. - ¡Necesito hablarte! – insistí.
- ¡Cállate, mocosa! – contestó una de las puertas. En su frente, rezaba con letras de plata
“Recuerdos Amargos.”
- ¿Estoy allí? – interrogué con desesperación. - ¿Acaso mi retrato se encuentra detrás suyo?
La puerta rió con aspereza.
- No, no. Todos tus retratos, fotos, pinturas y poemas que con tanto cariño y adoración él creó, fueron a parar a la chimenea del sótano, La Chimenea del Resentimiento, no creo que la conozcas... Pero deberías introducirte en ella, y esperar a que aquél que tanto te amó te rocíe, entre lágrimas, una buena cantidad de querosén.
- No fue mi intención, yo realmente no esperaba...
- ¿Qué es lo que realmente no esperabas? – farfulló la puerta de los Recuerdos Amargos, haciéndome estremecer - ¿No tenías pensado enamorarte de un idiota como él, de la escoria de la naturaleza? Lo grotesco que luce es absolutamente todo lo contrario a su verdadero ser, a su interior... Por suerte te diste cuenta de ello demasiado tarde, y ahora sufres un cuarto, sí, un paupérrimo cuarto del dolor que él sintió cuando lo abandonaste sin razón, librado a su suerte, la cual, al parecer, nunca consideró muy buena hasta que te conoció, pero lo que él nunca supo, es que su suerte fue la peor de todas al tropezarte contigo, desalmada... ¿Ahora lloras?¡Ja! Me das asco...
- ¡Me equivoqué! – protesté, ahogada en lágrimas - ¡Yo lo amé, yo lo amaba de una forma extraña, una forma que soy incapaz de explicar con burdas palabras, pero lo sigo haciendo, y lo haré por siempre! Solamente que me percaté de ello cuando ya no lo tenía a mi lado...
- Ya lo he dicho... me alegra considerablemente que sea así. Él se merece algo mucho mejor... No tienes una vaga idea de cuánto tiempo éstos pasillos y todas éstas habitaciones estuvieron inundadas de tristeza, de lágrimas de sangre que brotaban del más tierno y refulgente de todos los corazones, tampoco sabes lo que es permanecer quién sabe cuánto tiempo siendo alumbrado por las opacas y deprimentes tinieblas que clamaban tu odioso nombre noche y día...
- ¡No sigas! – vociferé - ¡Solamente dime dónde se encuentra él, ni su nombre soy capaz de pronunciar!¿No te das cuenta? Esto es una puñalada para mi grisáceo corazón... ¡No sabes cuántas veces me vi necesitada de clamar su nombre! Pero nunca me lo permití, no sé realmente la razón, pero es así... su nombre, aunque revolotea en mi cabeza a toda hora, ya no es capaz de posarse en mis labios, ni siquiera quiere asomarse siendo un silencioso y vacío murmullo...
- Eso es porque él es muchísimo más de lo que tú deberías tener. Y por eso, en éste momento, podrías relatarme toda la poesía que quieras, demostrarme qué tan hondo llegó él a tu agujereado y descompuesto corazón... Mas nunca sentiré compasión por ti, ni tampoco te revelaré el sitio donde se encuentra...
- ¡Hazlo! – rogué, sintiendo con desesperación como cientos de miles de lágrimas embadurnaban mi rostro. – Ten misericordia de ésta pobre infeliz que todo daría por ya sabes quién...
- ¡Te seguiré torturando todo lo que quiera! – respondió la puerta – Además que no debo perder mi tiempo en escuchar las cursilerías que dices, ya que realmente no las sientes...
- ¿¡Cómo puedes atreverte a decir que...!?
- Eso me ha dicho él, que no te crea ni una sola palabra, ya que todo lo que brota de tu boca son asquerosas e hirientes falacias... Bien, bien... patear las paredes no servirá de nada, si tu intención es llamarlo, dudo que escuche, y si así fuese, él no acudiría a tu llamado...
- Entonces me alojaré en la Chimenea del Resentimiento hasta que se digne a quemarme... y así, mientras lo hace, le confesaré todo... todo lo que ha sido para mí, y todo lo que será, sin importar que me reduzca a un montón de cenizas...
- Es lo más inteligente que podrías hacer. – canturreó la puerta – No puedo dejar de pensar, en todo momento, que de verdad él es demasiado bueno para ti... Sé que, si en éste momento no te hubiera desarrollado un odio sin igual, un odio que difícilmente logramos entre todos los habitantes de éstos pasillos inculcarle, en éste momento te estaría perdonando. Créeme. Y te lo digo solamente para que te aflijas más, pero es cierto. Mientras que él te prende fuego, podrías preguntarle...
- No es necesario que le pregunte, sé que así es... Siempre fue tan dulce, tan tierno... siempre tan...
- ¡A callar! Ya habrá tiempo para más lamentaciones. Ahora, lo más probable es que ignores que son pocas las personas que poseen una Chimenea del Resentimiento. Todos son tan rencorosos, y despiadados que prefieren guardar el odio en algún sótano, y hacer uso de él cuando realmente sea necesario... ¡Míralo a él! Ha elaborado ésta maldita chimenea para quemar, esfumar, disolver todo aquello de su memoria... Todo resentimiento que tenía hacia los que alguna vez le han hecho daño.
Me limitaba a negar frenéticamente con la cabeza, tratando de hacer oídos sordos a aquella espeluznante puerta, pero era imposible, sus palabras eran mucho más poderosas y penetrantes que cualquier otra cosa, aún más recias que las de Egocentrismo.
- ¡Ya sabes qué hacer, bastarda! – gritó, por último, cuando comencé a correr por el pasillo - ¡Debes morir entre las llamas, como la enfermiza bruja que eres!
Corrí, corrí por ésos desolados corredores hasta que mis pies desnudos comenzaron a sangrar. Toda clase de vidrios rotos estaban regados por el piso, y manchones de sangre oscura me dejaron bien en claro que eran ciertas las palabras de la puerta de los Recuerdos Amargos.
Si hubiese sido capaz, hubiera reducido mi corazón a pequeños fragmentos y los hubiese arrojado al suelo, junto a la sangre de mi amado. Pero decidí, muy a mi pesar, continuar mi caminata hasta que me topase con alguien que estuviera dispuesto a indicarme el camino hasta la Chimenea del Resentimiento.
Recorrí infinidades de puertas mientras renqueaba, pero ninguna se dignó a hablarme, ni a contestar mis preguntas. La única suficientemente valiente, y violenta, por cierto, había sido la de los Recuerdos Amargos.
“Recuerdos de mamá”, “Recuerdos de papá”, “Estudios”, “Cultura”, “Mis poesías”, “Mis canciones”, “Idiomas”.
Una extraña ansiedad se apoderaba de mi mente y mi cuerpo al escudriñar todas ésas puertas con nombres, y no encontrar, ni siquiera una, que se refiriese a mí. Sin embargo, cuando di tres o cuatro pasos más, me encontré con una puerta que, sin lugar a dudas, me pertenecía. Poseía el escrito más largo, y también, el más doloroso. Aquellas palabras que estaban bañadas en la más pura plata, habían salido de mis resquebrajados y arrepentidos labios o, por lo menos, la idea principal. “...Y aquí pueden esperar sentadas todas aquellas mujeres, doncellas o rameras, que verdaderamente se atrevan a sentir algo sincero y vigoroso por mí, pero como no existe una fémina real que pueda amar a un adefesio como yo, las sillas se han suprimido.”
Entre lágrimas, giré el oxidado picaporte, el cual, tenía una cubierta de sangre negruzca y seca. Abrí la puerta, y ésta dejó escapar un agonizante chirrido. Nadie había abierto ésa puerta antes.
La habitación era un salón inmenso, como aquellos que poseen los grandes salones de fiestas. Sin embargo, era sólo eso en lo que se parecía a un salón de fiestas, el tamaño, ya que no poseía alegría, ni siquiera decoraciones. Estaba totalmente abandonado. Ni un solo mueble se erguía en él, sólo había telarañas larguísimas que se balanceaban al compás de un silencio truculento.
Dejé la puerta abierta de par en par, y caminé hacia el centro de la habitación. A medida que avanzaba, escrutaba como mis pies iban dejando pequeñas huellas en las empolvadas y tristonas lozas negras. Las paredes también estaban pintadas de un negro lóbrego que podía haber baleado cualquier alma que aún esperase algo próspero del amor.
Oscuridad, tristeza, desgracia y crueldad eran las cuatro únicas palabras capaces de describir aquel salón que podría haber sido de ensueño.
Si no supiera que él no es capaz de hacer algo semejante, hubiese jurado que había preparado una sala así de deprimente para hacerme desangrar, y a decir verdad, lo hubiera conseguido sin problemas.
Me senté en el centro de la habitación, en el húmedo y helado suelo. Revolví el polvo con mis manos blancuzcas, al mismo tiempo que lo mojaba con mis lágrimas.
- Lágrimas de cocodrilo siempre han sido, - susurró una voz en el umbral de mi puerta, y el eco del gran salón procuró que llegase a mis oídos – y siempre lo serán para mí.
Dirigí mis ojos hacia él, extasiada.
- No. Éstas lágrimas son el resultado del error más grande que cometí. – anuncié, enjugándome las lágrimas con el sucio dorso de mi mano. – Quieras creerlo, o no. Yo te amo.
Él carcajeó, con amargo sarcasmo, desde el lejano umbral.
- Acércate. Necesito verte una vez más, por favor, camina unos cuantos pasos hacia mí.
- ¿Para qué? – interrogó él, tajante - ¿Para que mires mi horrible y gracioso rostro más de cerca, y te percates de que realmente fue lo mejor dejarme acuchillado y ensangrentado en un desolado rincón? ... No quiero que estés en éste salón, es, para mí, una burla que te sientes aquí. Te pediré que te retires.
- No me burlaré. – dije, firmemente – Nunca lo he hecho. Y nunca me atrevería a hacerlo, ¡Valga la redundancia! ¡Te amo!
- No, no. – sostuvo él, sacudiendo la cabeza con lentitud – Ésa falacia ya no vale nada para mí. A el único que eres capaz de amar es, a demás de ti misma, a tu amado Egocentrismo. Aunque fue lento y muy doloroso el proceso, he aprendido a odiarte, sin embargo, el hacerlo me carcome lentamente el alma, y eso puedes verlo en todos éstos abstrusos corredores que componen mi mente.
- Del amor al odio hay un solo paso, tú ya lo has dado, - murmuré – y del odio al amor, entonces, también lo hay.
- Lamentablemente no es así.
Con suma torpeza, me incorporé del suelo, y me dirigí hacia el rincón más oscuro del salón.
- ¿Qué haces? – preguntó él, algo indignado - ¿Tan lejos tienes que irte para que mi semblante no te incomode?
- No seas idiota, - grité, desde el otro lado del salón – Si quieres acercarte para mofarte de mi miseria, hazlo. Estás en todo tu derecho. Pero si eso no te apetece, vete, y cierra la puerta. Aquí me pudriré.
Él se acercó unos cuantos pasos hacia mí. Me estudió con sus ojos unos instantes, y avanzó nuevamente.
- El papel de víctima nunca te ha sentado bien. – dijo – Y a mí tampoco. Aquí, ahora, no hay ni buenos, ni malos. Sólo frivolidad, mentiras, y mucho, mucho dolor.
- La puerta de los Recuerdos Amargos me habló sobre la Chimenea del Resentimiento... – comenté, escrutando las facciones que componían el rostro de mi amado, al mismo tiempo que él se acercaba con cautela. Una leve, pero evidente turbación ensució sus grandes y oscuros ojos.
- Ésa puerta es quien más te odia en todo el lugar. Inclusive, te detesta mucho más que yo. – explicó él, tranquilamente. – Podría apostar que es porque tú llenaste el setenta por ciento de su recinto.
Desvié mi mirada de su rostro, y al hacerlo, él se acercó un paso más.
- Mira que curioso, ¿De verdad que el horrible recuerdo de una muchacha ocupó tanto lugar en tu cabecita? Se nota que no tenías mucho más porque preocuparte...
Él se encogió de hombros.
- Digamos que, después de tanto tiempo, desarrollé una barrera en la cual rebotan tus comentarios hirientes. Soy inmune. Ya no siento, porque mi corazón se ha disuelto, ha bañado con su preciado jugo vital, como seguramente has visto, todos éstos corredores. – A la vez que continuaba hablando, dio otro paso, quedando, tan sólo a centímetros de mi rostro. Yo me limitaba a mirarle los zapatos relucientes, al mismo tiempo, podía sentir como sus ojos se clavaban incómodamente en mi rostro. – El tiempo te ha demacrado, pero aún no llegas a la fealdad que a mí me consume.
- ¡Oh! No ha sido sólo el tiempo el cual influyó en mi apariencia, también el dolor.
Él sonrió con ironía, y lo miré, por primera vez en mucho tiempo, a los ojos.
Sí, es verdad. Era tan repulsivo como alardeaba. Más aún que como lo recordaba. Pero me daba igual. Yo lo amaba, y eso me hacía sentir extasiada a su lado. Deseaba tocarlo, sentirlo, acariciarlo, pero no lo hice, por una poderosa cobardía.
Su piel, tan pálida como la nieve, estaba resquebrajada, y sus ojos, negros, profundos, acuosos, se insertaban, inconscientemente, en lo más recóndito de mi cabeza. Y ahí yacerían archivados, una larga temporada.
Al notar que lo miraba con detenimiento, él retrocedió, desviando su elocuente mirada hacia una pared que se erguía próxima a nosotros.
- Sonríe. – le pedí, en un susurro. – Por favor. Una última vez.
- No puedo hacerlo. – respondió. Me acerqué a él, y traté de tomar su rostro entre mis manos, pero él se apartó rápidamente. – ¡No vuelvas a hacer eso!
- ¿Por qué? – interrogué, tratando de acercarme una vez más. Él vaciló, agachó la cabeza, y apoyó sus manos en la mugrosa pared.
- Porque lo más probable es que me arranques una sonrisa.
Refunfuñé.
- No te pido que sonrías ante mi recuerdo, sonríe al verme destruida, al saber que quiero morir quemada en tu Chimenea del Resentimiento.
Él abrió los ojos como platos, y me miró de arriba abajo.
- ¡Estás loca! – gritó.
- Sí. – respondí – Me he transformado en una loca que ya nada tiene que perder, porque ya todo lo perdió, o mejor dicho, tiró. Mi último deseo es morir en tu Chimenea del Resentimiento. Que me veas calcinar, que me veas sufrir por última vez... y así, cuando termine de quemarme y me convierta, tan solo en un montón de asquerosas cenizas, seas capaz de olvidarme... Que mis hirientes recuerdos se esfumen, al igual que el dolor que siento al ver qué tan buen hombre dejé ir...
Se produjo entre nosotros una prolongada e incómoda pausa. En mitad de ella, él caminó hasta la puerta, y la cerró de un estridente portazo. Y allí permaneció, con la cabeza pegada a la madera.
- Si eso es lo que realmente quieres... – murmuró al fin, con la voz entrecortada, y caminando enérgicamente hasta donde me encontraba.
Me tomó fuertemente de la muñeca, y me hizo dar unos cuantos pasos. Quedamos frente a una pared, bastante irregular, y con la mano que él tenía libre, comenzó a difuminar lo que parecía ser ceniza.
Después de un buen rato, detrás de aquella cortina negra, surgió una maltrecha puerta de madera.
- ¿Y esto?
- Es una puerta que conduce al sótano, a la Chimenea del Resentimiento.
En cuanto terminó de hablar, abrió, con suma dificultad la puerta, y ante nosotros apareció una escalera.
- Ve tú primero, - ordenó, empujándome hacia ella.
No contesté, y comencé a bajar velozmente por aquella escalinata, haciendo crujir y gemir todos los escalones.
Aquél sótano era idéntico al salón del piso de arriba, salvo que, en un rincón, poseía una gigantesca chimenea.
- Ésa es. – me indicó, posando una de sus manos llenas de ceniza en el hombro. Embadurnó toda mi ropa con ella. Pero poco me importó. Estaba a punto de morir.
Lo dejé unos instantes solo, y me adelanté hacia la chimenea. Ésta estaba labrada en refulgente oro, y su conducto de humo se elevaba mucho más allá del lejano techo del sótano.
Sin decir una palabra, me metí dentro. Increíblemente, cabía parada en el hogar.
En el suelo de la Chimenea del Resentimiento yacían regados considerables montones de cenizas grises. Me llegaban hasta los tobillos.
Cuando terminé de inspeccionar mi futura tumba, él ya había traído de quién sabe dónde, una buena dotación de madera, y un gran y grasoso recipiente con querosén.
- Rápido. – rogué.
Él comenzó a colocar los trozos de madera alrededor de mis pies, y cuando terminó, tomó el querosén.
- Cierra los ojos, y la boca. – me ordenó. Y así lo hice.
Entonces comencé a sentir cómo era rociada con aquel pestilente líquido. Había embadurnado completamente mis cabellos, manchado mi ropa, y entremezclado con mis lágrimas.
Al terminar, de su bolsillo sacó una caja de fósforos, y a su vez, de allí cayeron unos cuantos cigarrillos.
- No sabía que fumabas. – comenté, conteniendo la respiración.
- Cuando te fuiste, adopté el hábito. Pensé que eso me mataría, pero heme aquí... Matándote.
Prendió lentamente el fósforo, y dejó que se consumiese bastante antes de arrojarlo a la Chimenea.
- Adiós.
- Adiós.
El fuego comenzó a lamerme delicada y mortalmente los pies. Siguió abrazándome, con una rapidez que me sorprendió, al sentir su agresivo y doloroso roce, me di cuenta de que estaba empezando a engullirme.
Podía ver las llamas que cubrían mi cuerpo a través del reflejo en los ojos de mi amado. Estaba más pálido de lo usual, era todo un cadáver. Y cuando el fuego no podía clavarme más hondo sus ponzoñosos alfileres llameantes, comenzó a llorar sosegadamente. Entonces, sonrió, sonrió con una melancolía que me partió el corazón en dos. Pude escrutar sus maltrechas filas de dientes, exuberantemente grandes y mal formados.
Yo también sonreí, antes de perder el conocimiento.
- Y pensar que todos éstos años deseé que volvieras, porque realmente, en ningún momento fui capaz de dejar de amarte... Ahora, me limito a cremar en mi propio resentimiento al único ser amado que he tenido, al único ser que se apiadó de mí, al menos por un breve momento. Creo, amada mía, que tú y yo no éramos tan diferentes después de todo... Pero que nuestro amor no era el uno para el otro, nuestro amor pertenece, indiscutiblemente, a los arrogantes señor, y señora Egocentrismo...




Marie Filosa, 22/12/07
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"La libertad será, sobre todo, el derecho de decirle a la gente lo que no quiere escuchar" - George Orwell.
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Antiguo 18-ene-2008, 09:54   #2
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Ubicación: Italia
Mensajes: 1.205
Predeterminado admirable!

Muy bienvenida, María
y muy bien escrito tu relato!
a tu edad no lograba poner una palabra junto a otra
eres o sos admirable!
Saludos
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