EL P R I N C I P I O
El silencio todo lo invadía, el espacio estaba colmado de luz, de una luminosidad de la que me sentía parte, de un fulgor intenso que unido a ese mutismo insondable que me envolvía, era una santificada paz que jamás había percibido.
Esta impensada situación me conmovía, ignoraba que estaba ocurriendo y, extrañado, meditaba si todo era real o solo un sueño.
Súbitamente el silencio fue interrumpido por una melodía celestial, esta partía de un punto donde el resplandor se advertía más denso.
No sentía sensaciones en el cuerpo, me movía, pero no estaba caminando, flotaba.
La luz delineaba un sendero, un pasillo sin contornos, sin límites visibles.
A mi lado y en idéntica dirección, como atraídos por algo majestuoso marchaban otros seres.
Eran siluetas uniformes con destello propio, intuía que podían ser humanos como yo, pues mi imagen era semejante a la de ellos.
Todos nos dirigíamos impulsados por una fuerza agradable y una bella sensación de bienestar a un infinito y centelleante portal.
Solamente la claridad cubría mi aspecto al final del laberinto, todo se fundía en ella uniéndose en algo absoluto.
Debí haber atravesado lo que me pareció un portal, porque inmediatamente todo cambió.
Un valle fértil, entre dos montes tupidos de pastizal verde intenso, se presentó ante mí.
Una cascada con aguas cristalinas descendía por la espesura espejeando el paraje, allí fue donde pude reencontrarme con mi rostro, en el reflejo del estanque.
La pálida piel de mi cuerpo no desentonaba con la túnica blanca que me cubría.
El cielo se presentaba añil, sereno mientras, su interior emitía un resplandor blanco, inmaculado, el instante semejaba la hora del alba.
El clima cálido hacía plácido el momento, no había brisa, la calma era elocuente.
Enfrentado a una florida magnolia de intenso aroma, sobre un rectangular y largo granito que se hallaba a sus raíces, desorientado me senté a meditar.
A pesar de la agradable sensación, una y otra vez, me preguntaba qué extraño lugar era ese.
No estaba solo, había más gente, hombres y mujeres de diferente linaje y distintas edades, recorrían el paraje.
Sus rostros se veían pálidos como el mío y se notaba en ellos una sensación de fascinación similar a la que yo sentía.
Vestían túnicas blancas de una tela liviana, sin escote, con mangas largas que los cubrían por sobre los tobillos.
Una madre con su pequeño en brazos, deambulaba sobre el contorno del lago. Caminaba descalza. Todos andábamos descalzos.
La superficie era una alfombra de hierbas menudas, suaves, que al andar se tornaba insensible a la planta del pie.
A pesar de sus rostros pasmados, advertía en ellos serenidad, cosa que también notaba en mí, una sensación que nunca antes había experimentado.
Creo que todos, inclusive los niños, mientras jugaban saltando sobre los troncos de algunos árboles tumbados, esperábamos que alguien nos explicara por qué estábamos allí.
De pie junto a la roca, bajo el árbol frondoso y perfumado, mientras observaba distendido jugar a varios pequeños, advertí que alguien se hallaba en mi entorno... ¿Quizás para procurarse compañía?
Sentada sobre el granito a mi espalda, una mujer de edad madura era mi ocasional compañera; junto a ella, un hombre que aparentaba unos cincuenta años y una muchacha que parecía apenas traspasar la adolescencia de cabello largo y rubio, contemplaban la escena.
La mujer de unos sesenta años, de mirada profunda, ojos pardos y cabello entrecano examinándome, se presentó.
- Mi nombre es Raquel – dijo en un bajo timbre de voz.
- El mío Marco – respondí.
- Yo soy Esteban – pronunció el cincuentón detrás de mis palabras.
- ¿Y el tuyo? – interrogué a la muchacha, que aún permanecía en silencio.
- Dalia – expresó con tono melodioso.
La mujer de edad madura tomó la iniciativa,
Segura de sus palabras, comentó: - Noto que están sorprendidos y, a la vez, confusos.
Era verdad, esa ambigua sensación anidaba en mí, creo que lo mismo les sucedía a Dalia y Esteban.
Presentí que ella poseía algún indicio, un elemento que desentrañara ese misterio del cual éramos, a mí entender, partícipes involuntarios.
Raquel seguía sentada sobre la compacta roca de granito, a su derecha Dalia también sentada, la observaba con atención, mientras Esteban y yo permanecíamos de pie.
- Voy a relatarles una historia que los va a conmover - manifestó la mujer – dejando detrás de su dicho, el suficiente suspenso para que los tres nos pusiéramos a escuchar atentamente en silencio.
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