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Junior Member
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El amor y los pétalos
Cerró levemente los ojos como quien aparenta no estar, imaginando una habitación en su mente donde burlar los pensamientos. Se refugió en el silencio, y descubrió una sinfonía de serena tranquilidad, las notas de una música ya perdida que de nuevo orquestaban en su cuerpo la calma. Aspiró agobiando sus pulmones, aprisionó el aire unos segundos, esperó hasta sentir la queja del corazón en las sienes, e imperceptiblemente dejó que su aliento se diluyera en el vapor del agua tibia. La ansiedad retrocedió derrotada, y con ella el frío desalentador que le hendía el alma. Miró aquellos pétalos rojos que nadaban desorientados, como buscando la rosa que los había perdido, parecían veleros a la deriva sorteando las ondas que se formaban bajo el grifo abierto. Y recordó el mar; aquella proa donde junto a un corazón talló un te quiero, donde un beso esclavizó su alma, y unos ojos que atrapaban el cielo lo encadenaron definitivamente. Donde comprendió que el amor era lo único por lo que merecía la pena vivir. La orilla en la que decidió compartir su nave; ya no viajaría solo por la vida, nuevos mundos y caminos se mostraron, escenarios abiertos al infinito que tenía que explorar, y una inmensa fuerza acumulada en su interior lo impulsaría.
Y de nuevo el gélido estremecimiento, la serpiente infame que se mete en el cuerpo inyectando un veneno dulce que impide valorar los daños, que le anima a dejarse llevar, a navegar en uno de aquellos pétalos que empiezan a llenar la bañera. No quiere seguir pensando, qué sentido tiene remontarse a una playa del mes de junio, encontrarse de nuevo con aquellos quince años de mujer que emerge ilusionada, aquellos ojos azules que invadieron su voluntad sometiendo todo su ser. Nada importa ya, ni siquiera las palabras de su madre advirtiéndole del peligro, de la responsabilidad que debía asumir, de lo complicado que es resolver la entrega apasionada cuando te deslizas entre sentimientos desbordados, imposibles de controlar. Pero no quiso escuchar, todo lo que sentía era desmedidamente hermoso. Bastaba cerrar los ojos para volar hacia su mirada, para reconocer en el aire partículas que generaban en su mente el cuerpo de su amada, y olerla y tocarla, porque en todo la veía y en todo la sentía. Ella era la semilla que germinaba en impulsos que no llegaba a comprender, pero que cambiaban la estructura esencial que lo definía, transformándolo en ternura. Y se niega a creer que nada injusto se esconda en la luz, del fuego que nace de un corazón enamorado.
Los pétalos comienzan a desbordarse llamando su atención, y recuerda el enorme ramo de rosas rojas con el que un día iluminó el rostro de María. ¡Qué bonita estaba acercándolo a su cara! llenándose de la fragancia de aquellas flores que atrevidas, se acurrucaban en su pecho. Unieron sus labios anclando el uno en el otro el alma desplegada, como velas extendidas al cielo. Y se atraparon como se atrapa el viento, con la piel transformada en manto que abriga una felicidad incontenible, tan irrefrenable, como los pétalos que ahora escapan de la bañera, rastreando el camino de la puerta entreabierta. Aquella noche del mes de julio, junto a un ramo de flores rojas, cerca del mar donde se conocieron, ocultos entre las magnolias de un jardín prohibido; abandonaron sus cuerpos desnudos forzados por la fuerza de lo que allí sentían. Se diluyeron en pequeñas gotas de sangre, en aquellos pétalos que abrieron el camino al centro mismo del universo, de la vida. Sin márgenes que los sujetaran, él fue luna llena, y ella cielo profundo. No hubo espacio en aquel firmamento que no se inundara con su luz reflejada, que no se estremeciera al paso de tanto amor. Y en unos segundos en los que la razón se le nublaba; álgidas, las estrellas se agolparon en su interior emergiendo de todo su ser, provocando un torrente incontrolado, un río de plata que surcó la bóveda celeste de María.
Con los ojos del alma cerrados, asidos por una hierba que orgullosa los mostraba; tornaron a ser materia, y encontraron sus cuerpos unidos, abrazados. Ella tomó el ramo de flores, y arrebatándole todos sus pétalos, bordó una sábana roja con la que arropó el sueño del que no querían despertar.
El cálido susurro de aquellos corazones embriagados, contrastaba con el frío del agua tibia, ahíta de corpúsculos rojos. Aquel recuerdo abrió en su interior un abismo insondable, que solo la muerte era capaz de sellar. Por un momento aquella visión de desamparo absoluto le dolió hasta aterrorizarle, su garganta rasgó el aire dejando escapar una angustia insoportable, pero ni lágrimas acudieron a socorrerle. Estaba en el oscuro fondo de aquel abismo envuelto en soledad. Sin apenas fuerzas, levantó su brazo derecho señalando el techo, y quiso imaginar que el vapor que desprende la bañera eran las nubes de aquel cielo que un día fue María. Y allí, entre nubes, vio como desde su muñeca se precipitaban al vacío los pétalos conque un día se arroparon los sueños. Y sintió de nuevo el calor de aquella mujer desnuda envuelta en rosas, y olió en su pelo las flores del ramo que iluminó su cara. Y con ella entre los brazos, comprendió que todo había sido una pesadilla. Un pliegue inexplicable de la mente que había deformado la realidad; ¡María estaba viva!, aquí, en la bañera repleta de veleros que buscaban la energía con la que surcar los cielos, y él la tenía toda. En aquella orilla del rojo atardecer de un mes de febrero, cambiaron de nave, y juntos partieron a explorar aquellos escenarios que se abrían al infinito.
Varias horas después, su madre lo encontraría muerto, desangrado en la bañera. El agua roja, se había desbordado atravesando la puerta entreabierta del cuarto de baño, y no paró hasta llegar al dormitorio de su hijo; allí se detuvo junto a una nota manuscrita. No necesitó leerla. Desde la muerte de María, incapaz de soportar su destino, buscó amparo en la locura. Un mes de octubre se la llevó, cuando regresaba de unas pruebas que confirmaban su maternidad
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