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Antiguo 02-sep-2007, 12:41   #1
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Fecha de Ingreso: junio-2007
Ubicación: Córdoba (Cap.), Argentina
Mensajes: 58
Predeterminado El día de la liberación

“Sr. Van Gogh: Se lo encontró inconsciente en la vía pública en la madrugada de hoy, presentando un estado de hipotermia. Se salvó milagrosamente de morir congelado por la gran cantidad de alcohol ingerido. ¿Podría decirme, sin tapujos, qué fue lo que le sucedió?”…
¡Qué malestar me producía el estridente timbre de voz de este médico o enfermero de gafas negras! Laceraba mis oídos. Me sentía apresado, cargado de cadenas, me sentía abismado. Era como si descendiera, contra mi voluntad, por un tobogán de hojarasca hacia la vorágine oscura y fría del desconcierto, de la angustia, y no podía…no podía revertir la realidad. La duda de mis propias inclinaciones me hacía desconfiar de todo.
Había sido feliz, sí, muy feliz. Al regresar de Alemania con la deseada victoria sólo hallé a mi madre y a un amigo de la infancia: David. Creí reconquistar lo perdido, pero solamente me topé con una ficción: mamá tenía problemas mentales provocados por los continuos bombardeos en la ciudad cuya secuela física fue una miopía progresiva rayana en la ceguera. En cuanto a David… Pensé que iba a ser distinto, era el simple hecho de reanudar nuestra amistad enterrada en el pasado, mas un pasado dichoso que no volvería.
Esas miradas…su voz, sus ademanes tenían un cierto tinte de femineidad, un raro nerviosismo…Pero tales indicios no me autorizaban como para dudar de su condición. Además, David hacía un esfuerzo tremendo por tratar de que me sintiese bien, exento de temores. Había cicatrices no cauterizadas en mi alma. El aislamiento que experimentaba desde la muerte de mi prometida en un refugio de la Resistencia era una herida que no paraba de sangrar.
No era fácil ni lo es enfrentarse con los espectros del pasado que surgían, como aún lo hacen, en mis accesos de locura. Un psiquiatra me había advertido ya en Bruselas que tuviera cuidado con paroxismos y lagunas mentales. Pero, en plena tormenta, ahí estaba David, siempre solícito, siempre afable, procurando distraerme para no sufrir otra recaída.
Una noche tuve un sueño: me encontraba, no sabría precisarlo correctamente, como en un laberinto, a oscuras. Caminaba indeciso, tembloroso y dominado por fúnebres premoniciones. De pronto, tuve la impresión de que algo me perseguía, como si una fuerza misteriosa intentara esclavizarme. No sabía qué, no sabía porqué, no había un motivo lógico. Sólo la desesperación, sólo el miedo de retroceder y de ser aprehendido. A pesar de todo, pude escapar. Corrí hasta que me desplomé rendido de fatiga; sin conocer que lo hacía a los pies de David, lanzándome sus singulares miradas.
La pesadilla fue el preludio de una larga enfermedad que arrastraba y que había incubado en los años de lucha. Estuve meses sin conocimiento y, paulatinamente, fui restableciéndome. Mamá, debido a su delicada situación, jamás fue notificada de mi situación. Sólo David, que se hizo cargo de todos lo gastos, se responsabilizó de mi cuidado.
Un día, convaleciente ya, descansábamos en un pueblo de la costa mediterránea de Francia, cerca de Marsella. Mamá reposaba. David, que era ahora un miembro más de la familia, en mi cuarto, trataba de alejarme, con su carácter festivo, de viejos recuerdos, pero yo no estaba de ánimo como para corresponderle: “David, en este momento, no tengo muchas ganas de hacer nada y menos de hablar”, le contesté secamente.
Sin inmutarse, su respuesta golpeó como un látigo: “Albert…Hay algo que nunca te dije, pero creo que eres demasiado egocéntrico con tus caprichos infantiles. Yo debería reprocharte tu frialdad hacia mí. ¿No te das cuenta de que todo lo que hago, es por ti?”
Y en plena tentativa de querer responderle, me besó…con aquel espeso ingrediente de la pasión…Ante tal situación, reaccioné con furia reconcentrada, tomándolo entre mis manos, apretando su cuello, aún sintiendo el sabor de sus labios…El horror de la guerra, las desgracias acaecidas, esta repugnante aberración se conjugaron en mi mente…Y yo respondía, sólo que de manera sobredimensionada, con vehemencia, con, quizás, odio atávico. No me detuve hasta verificar que su boca no pronunció más mi nombre, hasta no ver su rostro exangüe.
Tal asqueamiento ante la atrocidad que acababa de cometer y la confesión de mi amigo me condujeron a las aguas de la costa. Buscaba purificarme, acrisolarme, de los fantasmas del pasado, del homicidio, del dejo de placer oculto…
Caminé, no sé cuánto, esperando encontrar una lumbrera, un sendero que me guiara a un lugar donde no sintiese culpa, remordimiento…Y creí encontrarlo, aunque, simbólicamente, en una taberna de mala muerte no lejos de donde nos hospedábamos. Me embriagué, sumida mi mente en una consternación absoluta. Deambulé por calles desiertas, observando esporádicamente coches y algunos individuos que me miraban con desdén por mi aspecto ruin. Sintiendo en mi interior, una mezcla de repulsión y conmiseración por mí mismo aflorando por la piel. En eso estaba, cuando experimenté desvanecerme plácidamente por un incierto túnel, pensando que se cumplía (vanamente, como lo puedo comprobar ahora) mi deseo: la liberación…

Albert van Gogh
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Albert van Gogh
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