|
Junior Member
Miembro
Fecha de Ingreso: agosto-2007
Ubicación: _______________________
Mensajes: 20
|
Meridiano
He aquí uno de mis primeras prosas de hace un buen rato. Espero sea de su cachetón agrado. Si gustan hacerme un comentario, mordida, pedrada o alabanza me pongo a sus órdenes.
MERIDIANO
Hoy a las seis con diecisiete antes del meridiano abrí la ventana de mi casa que da a la calle. Las nubes de la mañana abrieron paso al sol que vaticinaba un día insoportable, de mucho calor. Tomé un vaso de jugo de zanahoria. de hecho, creo que me gusta más el jugo de naranja, lo que sucede es que mi mamá está empecinada en utilizar las zanahorias que le regala el vecino, vecino que por cierto, se muere por tener algo con mi madre, lo malo es que él no se lo dice y mi mamá ni lo sospecha, es bastante distraída.
Tomé el minibús, tarde, como siempre, me acurruqué en el asiento de hasta atrás, pasa es que cuando el chofer abre la puerta trasera, el aire entra con una fuerza semejante, creo yo, a la de la inspiración. Saqué de mi mochila mis audífonos para escuchar a Pedro Guerra en un disco muy concupiscentemente meloso que grabó con un poeta de nombre Ángel González. Ya saboreaba yo en mis oídos los versos rosas y azotados del señor González...
“Yo sé que existo
Porque tú me imaginas
Soy alto
Porque tú me crees alto
Y limpio
Porque tú me miras con buenos ojos
Con mirada limpia...”
...cuando de pronto, mi vista se dirigió hacia el retrovisor del bus, miré el rostro triste del conductor, lacónico de dolor, corrompido por la tristeza; supuse yo que habría perdido algo, el amor de alguien, el recuerdo de alguien, qué se yo; un rostro supongo , inspirador de uno de los poemas de Santiago Montobbio:
“Mejor es perder todo, ya al principio perder
Y perder siempre: sin duda es mejor no ser ya daño
Por estúpidamente creer de nuevo capaz al hombre
De disfrazarse con un mínimo de éxito
De luna o de paloma: recuérdalo y que así no te sorprenda
Que se hace en extremo difícil vivir
Donde no es ni pobre el sueño.”
A veces pienso que la vida, la vida humana, es un lugar, un lugar para vivirse con un realismo trágico de hadas, de duendes malditos, de príncipes existenciales en busca de princesas, de unicornios asesinos, de brujas que aman, que aman hasta sangrarse las garras.
Pero bueno, sigamos con mi travesía cotidiana, mágica y triste pero cotidiana.
Bajé del bus para tomar el subterráneo; esperé más de dos trenes para poder abordar. Ya adentro, como todos los días, me llamó bastante la atención el hecho de que en un vagón del subterráneo, tan lleno de gente, produzca tanto calor, tanta claustrofobia, pero no produzca ruido (sólo algunos murmullos). Pienso que de existir el infierno en otro lugar, sería muy parecido a esto.
Bajé en la estación Balderas, el reloj del andén marcaba las siete con cuarenta y cinco, llegué cinco minutos antes; mi musa siempre llegaba, con una disciplina casi militar, a las siete con cincuenta, en el último vagón. Mientras esperaba di una ojeada a mis manos regordetas, observé mis uñas mordisqueadas y enjugué el sudor de mi frente con un pañuelo que saqué del bolsillo de mis pantalones.
Las puertas del último vagón del tren de las siete con cincuenta se abrieron, salió un perro con una bufanda enredada en el cuello. -“Qué diablos hace un perro en un vagón del metro a estas horas”- pensé. Él habrá pensado - “qué diablos hacen estos humanos, tan apretados, sin decirse nada”-. Bajaron diecinueve personas, unas acaloradas, otras no tanto; la que me importaba no bajó. Las puertas se cerraron, comencé a sudar, ella no había llegado. Me apresuré a mirar por las ventanas para ver si ella no se había equivocado; miré la ventana delantera: no estaba. Miré por la siguiente, no estaba. Al mirar por la tercera ventana la vi, lo malo, es que había algo malo, ella venía acompañada: acompañada por un ramo de flores y un oso feo de peluche. Feo por que no se lo regalé yo, de hecho, el oso era de buen gusto; se lo habrá dado alguien que sabe escoger osos de peluche. Otra cosa mala, venía acompañada por alguien más, un hombre como seis años mayor que ella. Una parte en mi mente, contraria a la filosofía del piensa mal y acertarás, me decía que ese hombre podría tal vez ser su primo, su amigo, su maestro de pintura… ¿su maestro de pintura?
El hombre la tomó del rostro con una delicadeza semejante a la de alguien que toma una figura de fina porcelana. Se acercó a su oído y le musitó algo. Ella, presta, sin decir nada, lo besó en los ojos: uno, dos.
Supongo que ese hombre, no era otra persona mas que yo. Pensarás lector, que me estoy volviendo loco si no es que ya lo estoy, pero por favor, continúa leyendo, no te cuesta nada. Nadie como yo para realizar esos menesteres de musitar cosas al oído, nadie como yo para ser besado en los ojos (uno, dos).
Lo de los seis años mayor que ella (y mayor que yo) se explica fácil (claro, si se cree en cuestiones de dominio del tiempo y de los espacios), el hombre aquél, regresó del futuro para hacer lo que hace seis años no hizo: conquistar a la chica que lo desvelaba, que lo hacía parir quimeras, que lo hacía pararse a una hora bastante temprana desde hacía siete años atrás.
FIN
|