Cuando nada es demasiado
Cuánto vale un alma en el mercado de los sicarios,
cuánto el pan en aquél dedicado a los hombres de ayuno.
Hay una televisión que sólo me mira
incitándome a que la encienda,
pero yo siempre he querido un perro policía.
Como sea, esa tv no está en mi casa,
en mi casa hay una que encendí un día
y sólo la miran los fantasmas.
Detrás de mi habitación hay un baño,
abro la bañera y adentro no hay un ovni,
yo esperaba que me saliera una bruja,
tampoco me sale una planta enredadera.
De vez en cuando tengo una novia,
pero a veces extraño más a mis revistas,
a mis juegos de niños y aquél ajedrez
al que siempre le faltó una pieza.
Por cierto, esa pieza era el rey.
No tengo tiempo para las tareas de los humanos,
llevo un par de horas luz desenchufado.
Me comieron la lengua los alacranes
que a su vez fueron comidos por unos ratones;
llamémosle pues, un ajuste de cuentas.
Tengo una mirada triste,
me gusta repetirlo y también me lo repite la gente.
Me da un look afrancesado, como de poeta rimbaudiano.
A pesar de eso elijo comer helado con ella,
la chica de los ojos grandes que no puede ni siquiera tocarlo.
Ya después comienzo a ver sus alucinaciones:
las almas comienzan a recobrar precio,
precio por cierto, aún sujeto a las desmedidas inflaciones
provocadas por los hijos de puta que manejan los mercados.
Y los sicarios cambiaron su frialdad
por putas que mucho o poco les cobraron.
Los hombres de ayuno siempre no lo fueron;
fueron con un psicoanalista que les cobró lo que no tragaron
para encontrar en sus cuerpos corazones anoréxicos
con sendas caritas felices.
Me tragué un payaso drogado
y muy a mi pesar la tv me pide seguirla encendiendo.
Como sea, da igual, la tv sigue muy lejos
y yo ya tengo a mi perro policía.
En la sala los fantasmas dejaron un recado:
“ya apaguen esta pinche porquería”.
La novia, mi novia, es la chica de los ojos grandes,
ella no lo dice pero le valen madres mis revistas.
Tampoco me ha contado que de niña no tuvo un ajedrez
y que a su padre le perdió todas las fichas.
Es mujer de pocas palabras, su mundo es otro mundo,
y de mi metáfora dominguera del rey ni se ha enterado.
De vez en demasiado sigo con mis mañas
de mostrarles otras caras a los humanos,
mi lenguaje es un lenguaje que a otros aporta
o importa un puto carajo.
Se asustan de mi risa,
oculto luto de los primeros sicarios.
Ellos no entienden el chiste
y se ríen sin masticarlo.
Mi vida se fue a otro mundo,
por lo mientras yo estoy enamorado.
Y esto hace de mi nada, cuando nada es demasiado.
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