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Fecha de Ingreso: junio-2007
Ubicación: Córdoba (Cap.), Argentina
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La Vie en Rose
La vie en rose
Pablo se encuentra sentado en una sala de hospital, abrumado por la noticia. Juan acaba de morir. Después de todo, su sangre no iba a salvarlo. ¿Para qué desesperarse? Ahora, tiene que velar por sí mismo, por su propia vida, por los días que le quedan. ¿Quién hubiera dicho que la novela rosa que acababa de vivir en realidad era una tragedia, no, mejor dicho una obra grotesca, en donde uno ríe por no llorar? ¿Quién habría pensado que, como la polilla una vez que se acerca irrefrenable y alocadamente a la llama cegadora, iba a terminar consumido, devorado por la luz que le daba vida? Nadie.
Todo comenzó hará tres meses. O no, mejor dicho desde siempre. Pablo jamás tuvo suerte ni desde que nació. Su padre, alcohólico y golpeador, lo torturaba diciéndole que nunca lograría nada, que estaba destinado al fracaso, y que con la facha que tenía, si se casaba era de milagro. Su madre, por su depresión galopante, lamentablemente jamás pudo salir en su defensa. Por lo que se habituó a pensar que su padre, al fin de cuentas, tenía razón. En la escuela, para variar, se cansaban de gastarle bromas por su apariencia y por su célebre paciencia para soportar injurias sin que se le moviera un pelo.
Además, estaban en lo cierto. Ya de adulto, podía notarlo claramente. Era alto y grande, pero sin ser musculoso ni armónico. Era rubio y de tez rosada, pero de ese rosa intenso que choca a la mirada. Es verdad que los lentes le daban un toque intelectual; pero, en realidad, disimulaban la desviación de uno de sus ojos tras unos gruesos cristales verdes que no lo hacían precisamente atractivo. Sabía que jamás se casaría, no por pesimista sino porque, por si algo le faltaba, era gay. No, si justo a él le tocó vender guantes en el país de los mancos.
Sucede que ser gay con su aspecto nunca lo favoreció en absoluto. Recuerda las veces que fue a las discos a bailar, o mejor dicho, a conocer gente y se sintió extraño, ajeno a toda esa multitud que se pavoneaba derrochando belleza, juventud, glamour, etc., ignorándolo. Todas esas cosas que él jamás tuvo y que se había resignado a no tener. Es cierto que en una época de su vida se dedicó al chat. Enmascarado tras un nickname lograba vencer su timidez y se permitía ser otro, ser Marlon Brando, Rodolfo Valentino. Toda esta magia, sin embargo, duraba hasta que lo veían por webcam o se los encontraba personalmente. Sus circunstanciales citas decían unas cuantas palabras de ocasión y huían para nunca más volver.
Sorprendentemente, no lo sufría tanto. De chico, se acostumbró al rechazo, a la soledad, a incluso satisfacerse por su cuenta. Pero, claro, nunca es suficiente. Uno siempre quiere más y Pablo no era la excepción. No le quedó alternativa que pagar por sexo. De esa manera, podía elegir con quién estar, con quién descargarse. Pero lo laceraba en lo íntimo saber que no estaban con él por su belleza, por su humanidad, por ser persona, sino por los 50 pesos que duraba la sesión de media hora y que a él le parecían 5 minutos. A veces iba para que el acompañante de turno sólo lo abrazara, en un deseo desesperado de paliar el vacío que lo habitaba y que rasgaba su existencia cotidiana.
Sin embargo, su apacible vida fue alterada por su despido del trabajo en el que oficiaba de vigilante. Lo que más le preocupó, increíblemente, fue que ya no podría asistir a su sesión de abrazos en la que por 30 minutos semanales tenía la ilusión de ser amado, de ser importante, de ser alguien…Así, luego de varías semanas de gastarse prácticamente el dinero que le quedaba, decidió ir a un sauna para probar suerte. En realidad, no le gustaban esos sitios; le parecían promiscuos, sucios; pero no podía darse el lujo de pagar por alguien. La vida le había quitado hasta eso.
Una vez dentro y superada la fobia inicial, entró en las distintas dependencias donde la gente circulaba de forma furtiva, observándolo, estudiándolo; pero sin desearlo. Comenzaba a resignarse, como siempre, a no tener ninguna chance cuando, de pronto, ingresó en una habitación oscura. Estaba sin lentes, pero intuía los cuerpos desnudos de otros hombres que, en procesión orgiástica, formaban un monstruo de mil cabezas, jadeando, gimiendo. De ese modo, sin quererlo al principio, pero luego devorado por su propio fuego interior, se encontró a sí mismo en medio de la masa humana, dando y recibiendo fluidos corporales. En este escenario onírico se hallaba hasta que lentamente, en las sombras, todos se fueron marchando, dejando a solas a Pablo y a otra persona. De ese modo, conoció a Juan. De ese modo, nació el amor.
Juan era como él, un desheredado de la vida. La clase de persona que hasta cuando el destino le da una cachetada dice gracias porque peor sería no recibir nada. Jamás aparecería en una tapa de revista ni comprendía el circuito ni los códigos gay, que no eran para él. Pablo y Juan se encontraron como se encuentran dos personas en el desierto, sólo que ninguna llevaba agua, excepto su propia sed. Del dolor compartido, nació esta unión que, salvo ellos, nadie entendía, pero que los hacía extrañamente felices…
Pero como todo lo bueno llega a su fin, esta historia no es la excepción. Luego de tres meses de compartir las pequeñas cosas de la vida, Pablo se terminó de convencer de que éste era el hombre de su vida por el que viviría y moriría si fuese necesario. Una tarde, saliendo del cine, tarde lluviosa y cargada de humedad, iban riendo y comentando la película, viviendo la dicha que se les negó por tanto tiempo. Cuando, en una esquina, de repente, apareció un auto de la nada y atropellando a Juan, desapareció en el anonimato. Pablo no daba crédito a lo que veía, la película de terror más espeluznante se materializaba frente a sus ojos.
Gracias a Dios, la ambulancia vino pronto y se llevó al malherido Juan. Se necesitaron donantes de sangre y Pablo fue el primero en darla por la vida de su amado. Y así fue que sentado en una sala de hospital los doctores le dieron la primera noticia: Juan había muerto, no había podido sobrevivir a la operación. Cuando Pablo, en medio de la consternación, quiso incorporarse para abandonar el lugar, una doctora lo llamó en privado y le comunicó la siguiente noticia: tenía SIDA. Al principio, creyó que se trataba de un error, ya que él siempre se cuidó, incluso estando con Juan, por amor a su hombre. Hasta que recordó aquella visita clandestina a ese reducto en el que descubrió la felicidad, donde por permitirse por una vez en la vida disfrutar del amor carnal en su máxima expresión, los dioses infernales lo castigaban sin piedad.
Ahora, ubicado en la terraza del hospital, Pablo se da cuenta de que la novela rosa ha llegado a su fin. De que por suerte, luego de pensarlo detenidamente, no volverá a ver en los espejos el rosa intenso de su piel que lo hace tan desagradable a la vista de los demás. Pero, ¿qué ironía, no? En estos momentos, la misma peste rosa circula por sus venas matándolo con cada respiración, con cada latido de su corazón. Y piensa en Juan, que así y todo lo aceptaría tal como es. Por eso va en su búsqueda. Pablo se arroja de la terraza. Ojalá que cuando llegué al suelo (cielo), piensa, no deje una mancha rosa…
Albert van Gogh
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