¡Hola! Mi nombre literario es Albert van Gogh, soy de Argentina y me dedico a escribir. Me encanta la música (New Age, étnica, electrónica, pop, rock), el cine (Fantástico, histórico, ciencia ficción, espionaje, independiente), la literatura por supuesto (Franceses e hispanoamericanos en particular) y el arte en general. Me encantan los personajes bizarros, fuera de serie (Leonardo da Vinci, Albert Einstein, Sor Juana Inés de la Cruz, Grigori Rasputín, Michel de Notredame, Le Chevalier d'Éon, Arthur Rimbaud, Vincent van Gogh, Marlene Dietrich, Madonna) y detesto la cultura consumista y conformista de la que formamos parte, siendo su máxima expresión hoy en día los realities shows. No sé qué más agregar, que me hallo más cerca de la locura, lo dionisíaco y lo kitsch que de lo racional, apolíneo y políticamente correcto. Para todos aquellos que sienten que no encajan en este fucking sistema, a ellos les dedico mis más fraternales saludos. ¡Estamos en contacto! ¡Viva la Revolución! (Si quieren amarme, hacer sugerencias o incluso insultarme les dejo mi e-mail
albertvangogh@hotmail.com).
Permiso para Vivir
“Pobre del ser humano que necesita de la aprobación de los Otros para poder Ser…”
¿Que cómo pudo pasarle eso a Esteban? ¿Qué sé yo? ¿Quién iba a decirlo? Él, que era un galán entre sus colegas femeninas. Él, el reputado profesor de Literatura con un currículum brillante, intachable. Muchos decían que llegaría a director si se lo proponía seriamente. En las escuelas en las que trabajaba era toda una institución. Amado y respetado por docentes, padres y alumnos. Varias veces fue elegido Profesor del Año. Ni qué hablar de sus vecinos del edificio que lo trataban como si fuera un lord. Todos siempre mandaban a sus hijos para que los preparara y rara vez eran bochados en las mesas de exámenes. Nadie pensó que llegara a matarse, el pobre.
Yo recuerdo lo que me contó, que son sólo fragmentos. Retazos de una historia que desconozco y que apenas logro reconstruir en mi mente. Sé que me supo decir que salía de la disco con su pareja muy abrazados y que luego de caminar 2 ó 3 cuadras así, se soltaron antes de que amaneciera del todo. Pero no antes de que un alumnito suyo, que vaya a saber de dónde venía, lo viera. No le dio mucha importancia al asunto y, luego de despedirse de su novio, tomó un taxi y marchó a casa. Lo de siempre, nada del otro mundo.
Esteban trabajaba en 3 escuelas en ese momento: dos de ellas confesionales y una pública. Si bien no era católico practicante, le fascinaban las instituciones privadas no sólo por el prestigio que le daban sino por la calidad educativa de las mismas; lo que le permitía ser exigente con sus alumnos en búsqueda de la excelencia siempre anhelada y pocas veces alcanzada por alguien de su edad. ¡Y tan joven que era! ¡Por Dios! Me acuerdo y se me hace un nudo en la garganta. ¿En qué iba? ¡Ah, sí! ¡Las escuelas! Todas estaban en la misma zona, por lo que casi no sacaba el auto. Iba y volvía caminando. La enseñanza era su vocación y las escuelas, su paraíso.
Recuerdo que siempre me decía que las monjas lo trataban muy bien, ya que coincidían en aquello de la enseñanza de valores como fin último de la educación más allá de los contenidos curriculares. Con los curas de la otra escuela, en cambio, tenía menos feeling. Lo explotaban mucho, según él. Pero acordaba con ellos, en cuanto a la defensa de la moral, y a que uno debe ser el ejemplo, como Cristo en la cruz, que los otros sigan. Como eso no se reñía con sus tendencias que ocultaba celosamente a la vista de los demás, era feliz como se puede llegar a serlo en este mundo.
Hasta que unas semanas después del incidente con su alumno, comenzó a oír, primero subrepticiamente y luego ya con mayor insistencia, bromas veladas con respecto a su orientación sexual. Él me dijo que se lo tomó con calma, que ya pasaría una vez que se aburrieran de tomarlo como blanco de las burlas. Sin embargo, todo empeoró. Salía de la escuela y sus propios alumnos le gritaban barbaridades. Imagínense cómo estaba. Por un lado quería descomprimir la situación al ignorar el tema como si nada pasara, pero, por el otro, si reaccionaba mal, confirmaría las sospechas de los más maliciosos.
Esteban se decía a sí mismo todas las mañanas que esto era un mal sueño, una broma macabra del destino, que ya acabaría. Pero, lamentablemente, no fue así. Primero fueron los curas los que le plantearon que algunos padres habían ido con ciertos rumores sobre su vida privada y que ellos, si bien confiaban plenamente en él y creían que todo aquello era una patraña, debían velar por el buen nombre de la institución a la que representaban. En otras palabras, lo echaban sin más trámite en el amor del Señor. Tampoco podía negar mucho, tenía prácticamente 40 años y era soltero. Y un dato como ése no pasa desapercibido en esa clase de ámbitos. “Al menos, me quedan las otras escuelas”, se dijo en un modo pueril de convencerse de que todo seguía estando bien. Pero, claro, no sabía que recién comenzaba a bajar el tobogán.
Sin poder evitarlo, los chismes que circulaban en la otra escuela y los motivos de su despido llegaron con prontitud a los oídos de las beatas. Cierto día lo llamaron y le plantearon que por razones de reducción de personal, iban a prescindir de sus servicios, que ya no lo necesitaban. Esteban, en un rapto de ira las increpó, diciéndoles que lo echaban por los rumores de su condición sexual. ¿Que cómo podía ser que él con su trayectoria de tantos años dentro de la institución y siendo uno de los más antiguos, lo dejaran en la calle como un mero suplente que paga piso? Ellas, ante su descaro por hablar sin tapujos, no lo negaron, excusándose que debían preservar los valores de la institución, de la comunidad educativa, de los alumnos. “¿Y mis valores? ¿Dónde están mis valores?”, replicó Esteban, furiosa y lastimeramente a la vez, tratando de apelar a sus conciencias. Le dijeron que lo lamentaban mucho y que rezarían a Dios por su vida. Ah, y que no se olvidara de retirar su cheque de indemnización.
Para ese momento, sólo le quedaba la escuela pública. Él pensaba que la mala experiencia que había tenido en las privadas y que había arruinado su reputación profesional no se volvería a repetir. Para colmo de males, los vecinos de su edificio, que siempre se enteran de todo, vaya uno a saber cómo, no sólo que no le enviaron más sus hijos para que los preparara sino que muchos de ellos le retiraron el saludo. Ya era vox populi su situación. Pasó de ser el profesor, el profesional a ser el roñoso ése que vive en nuestro edificio. Por ende, no tenía prácticamente ingresos. Su novio y algunos amigos suyos lo ayudaban a pagar el alquiler y los impuestos. Pero lo que ellos no sabían era que Esteban gastaba lo poco que tenía en pastillas para mitigar la cruda realidad. Gracias a eso, veía todo como a través de un cristal borroso, en el afán de creer que estaba soñando y que más temprano que tarde despertaría de esta pesadilla.
Pero qué le vamos a hacer, la vida es así. Su nueva fama se había extendido más lejos de lo que él suponía. El otrora respetable profesor de Literatura era ahora carne de cañón de toda broma pesada, chiste obsceno y procacidad escrita en los baños de la escuela en alusión a los gustos particulares de Esteban. Un día, explicándole a solas a un alumno que acababa de reprobar los motivos de su fallo, éste lo amenazó que si no lo aprobaba iba a contarles al director y a quien quisiera oírle que el profesor lo había tocado en un sentido sexual. Esteban no daba crédito a lo que estaba oyendo, simplemente no lograba procesarlo. Jamás pensó que sus alumnos, por los cuales habría dado la vida, le pagaran con esa moneda.
Esa noche no durmió, en parte por sus preocupaciones, en parte por las pastillas que lo aceleraban cada vez más y más. Demacrado y sin haber pegado un ojo, al día siguiente se dirigió a hablar con el inspector de su zona para que lo transfiriera a otra escuela, lejos de este infierno que lo estaba matando, consumiendo sin piedad. El inspector, al acordarse de que este sujeto era uno de los que siempre se había quejado de lo poco que hacía el gobierno por las escuelas públicas y las actitudes contestatarias que siempre tuvo ante este sistema que él personificaba, impávidamente le contestó que no podía hacer nada por él, que si no le gustaba, que renunciara. “Siempre hay otro detrás suyo, esperando por entrar”, se despidió el inspector.
En aquel momento, el novio de Esteban había viajado al exterior por razones laborales. No obstante, adelantó su retorno al ver que Esteban no se comunicaba ni contestaba sus mensajes. Para cuando regresó, ya era tarde. Los vecinos dieron la alarma, ya que el olor era insoportable. Se encontraba tendido en la cama, con los ojos bien abiertos, mirando el techo, la interrogación pintada en el rostro. En la mesita de luz, estaban las cajas de tranquilizantes y el vodka. También encontraron una pequeña nota, que no estaba dirigida a nadie en particular, y que sólo rezaba “Perdón por vivir”….
Albert van Gogh