Un día Antes
Sus pasos recorrían el camino de tierra y viento. Acorde a un sin fin rápido, se deslizaba por el tiempo de manera inadvertida, perdiendo uno que otro pensamiento en el olvido. El sol, decentrado, disolvió la palidez de sus ojos, convenciendo a nuestro personaje pobrar mirar el cielo.
Sacó de su bolsillo el reloj y fijó su mente en el número cinco. Tarde en el límite de su destino al que pretendía acudir sin demasiada prisa. Minutos tras minutos, se acumulaban detrás de su andar como hojas sueltas sin escribir, pérdidas o quizás abandonadas.
La respiración húmeda, bastante agitada, se presentaba como un obtáculo quemando sus pulmones, dejándolo más que cansado. Quieto por un instante, agudisó su sentido del oído y cerró los ojos para percibir mejor una señal. Otros pasos se acercaban a su encuentro. Miró por detrás, pero no encontró mas que su sombra recostada en el camino. Giró lentamente sobre su eje, espiando cada secreto escondido en el desolado paisaje. Preocupado y confundido reanudó su andar.
Las agujas señalaban ahora las seis y cuarto de la tarde. Con el saco sobre su hombro izquierdo y su sombrero de copa tirado a más de cien pasos atrás, el caminante acalorado seguía desnudando imágenes sin detener sus pies. Una brisa envolvió su piel y refresco su tacto para recordarle el sentido de su propia orientación. Fue justo en ese momento de percepción cuando una apasible mano se acuesta sobre su brazo.
Lo que dura un suspiro en un sueño, fue la daga lo que duró en hundirse en el cuerpo.
La dama vestida de naranja, con largos cabellos castaños y ojos marrones claros, lo miraba fijamente. Una lágrima se escaba y viajaba por su pálido rostro hasta llegar a su boca roja en sangre.
- Me has seguido durante mi viaje, no sé quiém eres. Lo siento tanto. Pero temí perder mi vida cuando sin aviso te has presentado. Dejáme curarte bella señorita.
Recostó a la doncella en el piso y con el pañuleo que envolvía su cuello, presionó la herida para detener la sangre, su culpa y el dolor.
Con la estrella de fuego descansando más allá del horizonte y el cielo casi negro, las dudas de un incierto destino se acrecentaban tanto como la certeza de permanecer vivo, aún sin estarlo. Con las manos frías de sudor, la mujer tendida en el pasto basjo un árbol, miraba a su extraño ir y venir por el delgado hilo de la dejadez. Y en un áspero aliento dejó sus palabras vibrar:
- Si por casualidad mis sentidos hubiesen advertido su existencia, no me habría acercado... no sólo por lo natural de mi temor, sino por querer preservar mi vida.
-¿qué dice mujer? no logro comprender..
-Que no lo vi, hasta que usted vino a mi.
-¿ir hasta usted? ¡si usted vino a mi!..
-¿acaso parezco la mujer que acude por voluntad propia a su muerte?
El caminante miró sus manos y palpó aquello que ella llamaba "existencia", pero no en vano fue su búsqueda a la cruel realidad de descubrir ser lo que algunos econtrar temen.
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Romina L Marcaletti
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