¡Hola! Mi nombre literario es Albert van Gogh, soy de Argentina y me dedico a escribir. Me encanta la música (New Age, étnica, electrónica, pop, rock), el cine (Fantástico, histórico, ciencia ficción, espionaje, independiente), la literatura por supuesto (Franceses e hispanoamericanos en particular) y el arte en general. Me encantan los personajes bizarros, fuera de serie (Leonardo da Vinci, Albert Einstein, Sor Juana Inés de la Cruz, Grigori Rasputín, Michel de Notredame, Le Chevalier d'Éon, Arthur Rimbaud, Vincent van Gogh, Marlene Dietrich, Madonna) y detesto la cultura consumista y conformista de la que formamos parte, siendo su máxima expresión hoy en día los realities shows. No sé qué más agregar, que me hallo más cerca de la locura, lo dionisíaco y lo kitsch que de lo racional, apolíneo y políticamente correcto. Para todos aquellos que sienten que no encajan en este fucking sistema, a ellos les dedico mis más fraternales saludos. ¡Estamos en contacto! ¡Viva la Revolución! (Si quieren amarme, hacer sugerencias o incluso insultarme les dejo mi e-mail
albertvangogh@hotmail.com).
La fascinación por la ambigüedad
Cierta vez, un escritor supo decir que las mujeres más inteligentes de la Literatura de su tiempo eran George Sand, Virginia Wolf y Marguerite Yourcenar. Todas ellas eran, como mínimo, ambiguas, por no mencionar sus tendencias lésbicas. Sin embargo, ¿qué relación había entre su ambigüedad y su inteligencia? Simplemente, que eran diferentes; por lo tanto, sus puntos de vista, su manera de sentir y de pensar se alejaban de los estereotipos de la mujer straight. Si todavía albergamos dudas, pensemos en íconos de la cultura como Frida Kahlo, Marlene Dietrich o la omnipresente Madonna. Ninguna de ellas tuvo empacho en declarar sus inclinaciones a los fines de provocar a sus contemporáneos.
Si nos remontamos a la Antigüedad, los griegos sentían veneración por las criaturas hermafroditas; seres que manifestaban orgánicamente la fusión de lo masculino, asociado a la Inteligencia y al instinto de muerte, y lo femenino, asociado al Amor y al instinto de vida. Por ende, la percepción de la realidad de estos seres sería profunda, integral, holística, ya que no estarían escindidos, limitados por una sexualidad incompleta. Sin embargo, la homosexualidad como una de sus variantes más comunes era un modo, en la Antigüedad, de acercarse a ese Ideal, que era, en cierta medida, el Ser Divino. Y si no, que lo digan personalidades tan encumbradas como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti o figuras literarias como Sor Juana Inés de la Cruz o Federico García Lorca.
Sin embargo, con la llegada de la cultura Judeo-Cristiana valores que ennoblecían a ciertas personas en función de toda una cosmovisión cultural fueron no sólo negados sino vituperados como execrables, antinaturales y/o demoníacos. Lo que en su momento fue bello, puro y natural pasó a ser feo, sucio y contranatura, olvidando el principio filosófico que lo regía. De esta manera, durante siglos las sociedades de Occidente han barrido bajo la alfombra todo atisbo de extrañeza, de ambigüedad que se perfilaba muy sutilmente en todos aquellos que se sentían diferentes, ajenos y que no encajaban en este bendito sistema
Pero, lo que son las cosas, increíblemente de forma consciente o inconsciente estas mismas sociedades se han sentido atraídas desde siempre hacia esos seres, aunque, lógicamente, no lo admitan de manera abierta. ¿Un ejemplo? Los travestis. Como los griegos, señores de traje y corbata, por las noches y en auto, de alguna manera les expresan su embelesamiento ante su rara belleza. Quizás de algún modo intuyen que albergan en sí lo masculino y lo femenino, la visión integral y holística que sólo se consigue por la unión de los opuestos.
Por todo ello, si te sentís diferente, extraño y ajeno a la mayoría que no te acepta, acordate que para los griegos eras un milagro, un ser completo, superior. Y para tus contemporáneos sos un artista en potencia, alguien que desde su integridad puede aportar mucho en un mundo dominado por seres escindidos, que buscan en su otra mitad, lo que vos llevás en tu interior.
Albert van Gogh