¡Tierra!
El grito fue en realidad murmullo: en la nave casi todos se encontraban inconscientes y la deshidratación y el hambre habían dejado una tripulación de diez y nueve personas, reducida a un trío de agonizantes sobrevivientes.
En minutos, ayudados por la marea, pudieron desembarcar en una playa rocosa, y aprovechar los providenciales cocoteros que a escasos metros del océano, proliferaban en las cercanías.
Saciada la sed y el hambre, los tres sobrevivientes se quedaron profundamente dormidos al amparo de la sombra vegetal. Los tres increíblemente, soñaron estar nuevamente en la fiesta del 4 de julio, día en que juraron dejar la isla y alcanzar la libertad.
Simultáneamente, en sueños, diecinueve isleños se re encontraron brindando con ron popular, jurando partir a la tierra de oro, pocos días atrás.
En sueños, los sobrevivientes pudieron despedirse de sus camaradas y al cabo, despertaron y se dirigieron tierra adentro. En el interior de la bestia, la libertad esperaba con su sempiterna parrillera ardiente; dispuesta a cocinarlos, venderlos, tragarlos y abonar la tierra de las oportunidades.
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