en el camino
los dos lo sabemos.
nos miramos a los ojos y no necesito que me expliques porqué acabas ultimamente demasiado borracho.
ya son muchos años,
muchas huidas,
muchas cervezas sobre el capó de cualquier coche.
vimos pasar una estrella fugaz reflejada en un charco,
amigo,
y te dije mírala, qué guapa ella.
y tú te reías torciendo el gesto, inclinandote,
y yo no sabía si te ibas a caer
o si era yo el que estaba mareado.
el caso es que ya ves,
tanta mierda de promesas,
tantos libros de buckowski
y de kerouac,
todas las pelis de kubrick,
tanta silueta dibujada en la pared
cuando tirabamos piedras en la orilla del río
mientras cantabamos extremo con botellas de dos litros
repletas de kalimotxo.
nadie nos podrá decir que no vivimos.
tú tocabas la espalda de aquella chica
o te plantabas delante de aquel grupo de tres
y las mirabas con esa mirada que solo tú pones
y luego decías: a tías como vosotras me las follo todos los días.
que risas nos pudimos echar
cuando aquella piva nos señaló con el dedo
y nos empezó a decir que nos fuesemos con ella,
y nosotros,
más chulos que un ocho,
nos fuimos solos a tomar una caña.
volver a casa con la calle mayor vacía
y fumarnos el último peta en mi escalera
mientras nos contamos las heridas
y aguantamos las lágrimas.
los dos lo sabemos.
por eso no me hace falta más que mirarte a los ojos
para que entiendas lo que siempre trato de explicarte:
tío,
tanto tú como yo
sabemos del tiempo.
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