cuento
Al mirarse la enorme panza y unos pies que salían de su ombligo Mia sintió que ya no se llamaba Mia y que seguramente estaría en una de sus recurrentes pesadillas, X miró el reflejo en el agua pero no vio nada por que no tenía ojos, fue entonces cuando se percato de que no estaba en su mundo, de que la realidad que tantas veces detestó, ahora le estaba dando la espalda, y la miraba de reojo, salió despavorida por la puerta del patio, pero tampoco había puerta, era solo un espacio transparente, casi amarillo que separaba el futuro del presente, al atravesar este espacio, se vio en un espejo, ahora sí tenía ojos, pero no del mismo color, ahora eran de un rosa pálido, casi rosa flor, no se asustó y siguió recorriendo los espacios desconocidos, sí era su casa pero en tonos diferentes, fue donde sería en algún momento (si existía el momento) a lo que sería la cocina y se encontró con un tono rojo sangre, se vio entonces en el reflejo del fregadero limpio y ya no tenía ojos solo dos vanos donde en algún momento debieron estar, X entró de repente y su falda no la llevaba en la cintura sino sobre lo que en algún momento debió ser su cabeza (si existían los momentos). Tampoco se asustó, es más evocó la presencia de su abuelo, y así fue, allá llegó don R, le acarició lo que era en ese momento la cabeza, y desapareció por la caneca amarilla, Mia la cerró y miró a X que ahora estaba sentada sobre lo que debía ser la tubería mayor, le alcanzó un vaso de agua, pero el agua era rosa como el de los cachetes de los payasos a las 7 de la moche cuando están a punto de quitarse la mascara de un día de trabajo.
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Diana Merizalde
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