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Junior Member
Fecha de Ingreso: enero-2007
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Masserati
Masseratti.
La noticia llenó de tristeza a los padres. El neurólogo de apellido Méndez sabía que no había falla en los análisis, estos exámenes extremadamente costosos. Habían develado el misterio de los dolores del pequeño Aloisi de apenas siete años. Mientras el doctor explicaba más detalles, Rubén, padre del niño, mantenía la vista fija sobre una replica reducida del Gernica que colgaba en una de las paredes del consultorio al tiempo que tomaba de la mano a Aline, su esposa quien no podía contener las lagrimas.
-Es importante- decía el doctor Méndez- que entiendan que ninguno de ustedes tiene la culpa en realidad. El mal es congénito, pero en este caso sólo se hereda si los dos padres contienen el mismo gen. Las posibilidades de que esto ocurriera eran ínfimas, pero ha pasado con Aloisi. No tenemos por que saber el mapa de nuestros genes. No es su culpa.
Después continuó hablando sobre el por qué no les había ocurrido a sus otros tres hijos mayores que gozaban de una salud excelente, hablo de la ruleta que es la genética y solo después tuvo que dar el pronóstico que ningún medico, sea la especialidad que sea, quiere dar: Le quedan dos o tres meses de vida.
Rubén conoció a Aline en la universidad. El estudiaba leyes, ella estudios latinoamericanos. Fue en un simposio, en una de las conferencias se discutía la anacronía de la constitución y ambos desde su asiento expusieron sus opiniones, diferían pero desde ese momento Rubén quedó enajenado con la belleza de Aline y es que, si bien la inteligencia de Aline era notable, su belleza era superlativa. Rubén intento conocerla desde entonces y no se detuvo aun sabiendo que Aline tenia ya pareja, un adonis llamado Alexander que sólo estaba en la universidad por ser un excelente clavadista.
Rubén no podía competir contra eso, pero encontró el modo de llamar la atención de Aline del único modo en que el podía atraerla: presentes caros, invitaciones a los mejores restaurantes, entradas exclusivas a los mejores espectáculos. Fue de este modo que Rubén se deshizo de la competencia que no sólo consistía en Alexander. Gasto mucho en el asalto a Aline pero finalmente logró su cometido, cuatro años después la hizo su esposa.
Rubén se instalo con su nueva esposa, a la cual amaba más que a nada, en un exclusivo residencial. Ella al principio aceptó no de muy buena gana quedarse a disfrutar de las comodidades de su casa, pero el tedio la desespero al poco tiempo y fue tajante un día en que le exigió a su esposo la libertad para desarrollarse profesionalmente. Además Rubén no solía estar en casa, pasaba casi todo el día en la oficina de la firma de abogados de su padre. Rubén no quería que eso ocurriera, lo anhelaba todo para su bella esposa pero dejarla libre por el mundo le aterraba. Sabía que ella era una gema que cualquier otro le robaría si no se cuidaba de ello. Entonces, cuando Rubén no encontró salida a su dilema de celos, el destino le otorgo la mejor solución: Aline quedo embarazada de Karen, su primera hija. La alegría volvió a llenar la casa y las tensiones se olvidaron. La paternidad de ambos limo las diferencias entre los dos esposos y Aline tuvo que dar todo su tiempo a su hija.
Pasaron tres años y la niña, alegría de sus padres, había llegado a la edad en que bien se le podía confinar a una guardería. Aline lo entendió así y pidió devuelta su libertad. Las negociaciones con Rubén volvieron a ser arduas y a veces conflictivas pero Aline consiguió convencer a su esposo de que su nuevo negocio era la solución ideal para los dos.
-Tu no quieres que salga de casa- le dijo ella un día- y yo quiero trabajar. Entonces la solución es que yo trabaje desde casa.
Rubén no sabia como era posible hacer eso pero Aline le habló de la Internet y de cómo la gente se hacía rica con eso.
-Tu ya eres rica- le dijo el, pero la suerte ya estaba echada.
Un dos de septiembre Aline Inter, compañía de accesoria académica y profesional comenzó a trabajar por la red. Pronto la idea fructifico y Aline llamó un día Rubén a su oficina pidiéndole que no regresara muy tarde esa vez pues tenían visitas. Rubén llegó a casa sin tener idea de quien los visitaba. Cuando vio quien era casi le da un infarto, era Alexander.
-Ya lo conoces- dijo ella- pero aun así, te presento formalmente a mi nuevo socio.
Alexander había participado en unos Juegos Olímpicos y se veía mejor que nunca. Ahora sería el nuevo socio de Aline en su naciente compañía y Rubén se molestó muchísimo, por su puesto no mostró nunca su rabia enfrente de Alexander al que trataba cordialmente, la batalla se llevaba a cabo en la alcoba con gritos entre Rubén y Aline. La tensión y la posible ruptura familiar se alimento entonces, más aun cuando Rubén supo que Alexander se había mudado al vecindario. El día en que a regañadientes Aline obligó a su esposo a dar la bienvenida a Alexander como nuevo vecino, Rubén observó como el adonis olímpico guardaba en su garaje un hermoso y soberbio Masseratti, edición limitada, en rojo sangre, con rines cromados como espejos. Era algo sumamente bello aquella maquina. Alexander notó la forma como Rubén había observado al auto y le invito a acercarse. De lejos el auto impresionaba y de cerca su impacto era tal como ver la perfección. Asientos en piel, tablero en madera fina, y ese olor a coche nuevo que es el mejor olor del mundo. Alexander vio en los ojos de su anterior rival la fascinación de un niño y cuando abrió el capo a Rubén se le saltaron los ojos y sus emociones llegaron al límite cuando le dejo encender el auto. Al terminar esta experiencia religiosa Rubén ofreció cien mil dólares.
-Ni en un millón- le contestó Alexander- Este auto es mi orgullo. Me lo dieron como recompensa por mi medalla de oro, yo lo escogí personalmente. No se vende.
Rubén percibió de inmediato que era inútil ofrecer mas pues era claro que ese auto nunca seria suyo, le había podido quitar la mujer a Alexander pero un auto era cosa distinta.
Los vientos de tormenta se disiparon unos días después apenas. Aline tendría otro niño. Ulises, fue llamado el querubín y la alegría y dicha regresaron a la familia de Rubén. Aline se veía mas contenta que nunca y los anteriores problemas se olvidaron. Alexander visitaba frecuentemente la casa de Rubén para hablar de negocios con Aline y pronto se gano la confianza de Rubén. Cuando nació Rodolfo, el tercer hijo de Rubén y Aline, Alexander ya era un personaje familiar en la casa y amigo no sólo de Aline sino de Rubén.
Los años pasaban y el Masseratti seguía impecable. Alexander lo enceraba cada dos días con obsesión enfermiza. Nunca lo sacaba del garaje. Rubén lo observaba a veces y pensaba –no hay problema yo tengo también mi propio Masseratti, es mi familia- Fue por esos días que Rubén comenzó a encerar su familia cada nuevo día. Volvió a conquistar el corazón de Aline de la misma manera en que lo había hecho la primera vez. Paso mucho más tiempo con sus hijos y realizo todo un esfuerzo sobrehumano por acercarse más a su hija Karen que por esos días ya entraba en la difícil etapa de la adolescencia. Las vacaciones familiares del verano de aquel año fueron sumamente especiales, un crucero por el Mediterráneo que incluyó una noche muy romántica para Rubén y Aline. Durante mucho tiempo Rubén sintió que había sido aquella noche en la que Aloisi fue concebido. Pocos días después de aquello volvieron a casa y los momentos felices se trasformaron en rutina como la presencia de Alexander en la casa y el Masseratti siempre impecable, aparcado, solitario en el garaje.
Desde el principio Aloisi dio indicaciones de tener una salud frágil pero su espíritu estaba muy por encima del de sus tres hermanos. Rubén había aprendido en una escuela para padres que no era conveniente tener favoritos entre sus hijos, pero Aloisi le hacía sentirse orgulloso. Aloisi tenia una mirada en extremo expresiva, su inteligencia era habida, sus talentos numerosos y su personalidad alegre, a pesar de sus continuos dolores y convalecencias. Alguna vez Rubén pensó que el chico con una buena salud lo hubiese tenido todo para ser presidente no sólo de la barra de abogados familiar sino de la nación entera. Aloisi tenia como segunda casa el hospital, de treinta días del mes, pasaba cinco en el. Numerosos doctores lo revisaban y sólo atinaban a describir los síntomas y esto sesgaba sus diagnósticos pues eran tan especialistas en su materia que no podían ver el todo de la salud del niño. Los padres comenzaron a desesperarse poco a poco pero el chico parecía inquebrantable. Cuando se perdía la fe en un medico se pasaba el asunto a otro que lanzaba una nueva hipótesis sobre lo que padecía el chico. El último año había sido el más difícil de todos. Aloisi dejo de ir a la escuela y paso dos meses consecutivos en una cama de hospital sufriendo de terribles dolores de cabeza que hacían trizas el corazón de sus padres. Muchas veces el niño recibía las visitas de sus compañeros de escuela, de sus hermanos, de payasos y magos, pero apreciaba mucho las de su “padrino” Alexander. Este le regalaba al niño en cada visita un pequeño auto a escala. El día en que el doctor Méndez informo a Rubén y a Aline de lo que realmente padecía Aloisi, Alexander habiale conseguido al niño un regalo muy especial, era el Masseratti a escala, mandado especialmente a hacer por Alexander. A Aloisi, al igual que a sus dos referentes masculinos adultos, le encantaba el Masseratti real.
Después de que Rubén y Aline salieron del consultorio del neurólogo tomados de la mano, se detuvieron ante un gran ventanal. Afuera, algunos niños jugaban en un área verde, un padre enseñaba a su hijo a andar en bicicleta a su hijo y el sol de la tarde anunciaba el final de todo. Rubén abrazo a Aline que se soltó a llorar sobre el pecho de el.
-Te amo- le dijo Rubén y Aline lo abrazo más fuerte.
-Yo también a ti- contesto ella entre sollozos.
-Lo lograremos- concluyó él aunque no podía sacar de si la frustración de que ahora ni su dinero podría devolverle a su más querido hijo, sólo le alcanzaba para darle el mejor hospicio que el dinero podía comprar y aun así se decidió, muy a pesar de los médicos, a llevar al niño a casa.
Camino en el auto, Aline todavía sollozaba, se le iba la vida en cada lágrima. En el asiento trasero Aloisi manejaba en su imaginación el Masseratti por una enorme recta de carretera que cortaba un verde prado, su padre en cambio conducía a través del infierno. Se preguntaba como se lo diría a sus otros hijos. Maldecía a Dios entre otras cosas. Para colmo, él y Aline tendrían que regresar mañana al hospital para realizarse un examen genético y así corroborar la desgracia del mal congénito –Para que no haya lugar a dudas- dijo el neurólogo Méndez aun y cuando el mismo estaba ya cien por ciento seguro de su diagnostico, el examen era solo un protocolo que por ley debía hacerse y que fastidiaba a Rubén.
El cadáver del niño fue velado en la propia casa. Aloisi había muerto mucho antes del pronóstico indicado, solo dos semanas le bastaron a la muerte para quitarle toda su vivacidad al chico, primero con intensos dolores, después haciéndolo vegetar y finalmente dejándolo frió sobre su silla de ruedas en una calida mañana de otoño. Asistieron gran numero de personas y la ocasión sirvió para ver a Aline devastada anímicamente y al Masseratti rodando por primera vez en la calle pues Aloisi habiale dicho a Alexander que le hubiera gustado mucho ver al auto en lo mejor que podía hacer, correr. El gesto fue agradecido por Rubén y fue bien visto por todos lo concurrentes. Casi cuando todos se habían ido, Rubén recibió una llamada en su celular. Al principio pensó que era otra persona más disculpándose por su ausencia y dando su pésame vía satélite, pero era el neurólogo, Méndez.
-¿Señor Rubén?-
-El habla. ¿Quién es?
-Soy el doctor Méndez. Tengo que hablar con usted. Es urgente.
-Doctor Méndez, seguramente ya sabe lo que ha pasado y créame que tengo muy pocas ganas de hablar con usted o con cualquier otra persona. Ahora sólo quiero estar con los que más amo. Con los que son míos. Con mi esposa y con mis hijos.
Al decir esto ultimo, por fin el alma de Rubén se doblo y el llanto le invadió dejándolo indefenso ante la siguiente frase de Méndez.
-¿Qué tan seguro esta usted de que ese niño era su hijo?
Por el hospital, en el pabellón de neurología, Rubén caminaba de prisa por el pasillo. Su mirada era la del fuego y la rabia. Entro al consultorio del doctor Méndez.
-¡Usted hijo de perra! ¿¡Como se atreve!?- dijo Rubén al entrar y ver al doctor.
-Señor Rubén, escúcheme por favor. Tal vez lo plantee mal pero usted nunca me menciono que Aloisi era adoptado.
-¡Aloisi es mi hijo!
-Se equivoca señor Rubén. Usted no es portador del gen.
Rubén que ya estaba dispuesto a soltar un golpe en el rostro del doctor Méndez se detuvo un instante. Turbado.
-¿Qué dice?
-Usted no es portador del gen. ¿Recuerda? Para que el mal se haya dado se necesitaba que los dos padres fuesen portadores del gen pero usted no lo es. Aloisi no era su hijo.
-Imposible- dijo Rubén bajando la guardia y observando los resultados que le mostraba Méndez.
-Es posible que exista cierto margen de error, pero le aconsejo que traiga usted a sus hijos señor Rubén para un examen de ADN.
Rubén se llevo las manos al rostro y quedo pensando, desplomado sobre la silla de los visitantes del consultorio de Méndez.
La noche en que Rubén regresaba a casa ese verano, llevaba prisa y miedo. Mucho miedo. Sobre el asiento del conductor estaban ahí los resultados del examen de ADN en un sobre sellado y con la etiqueta “CONFIDENCIAL” Había pasado por ellos por la tarde al hospital y ahora regresaba a casa. No había encontrado a Méndez. Sus hijos no estaban ese día en casa, ni estarían toda la semana pues se encontraban los dos varones en un campamento de verano en Canadá y Karen en la Universidad. En el trayecto se detuvo a comprar un café. Bajó el sobre y lo puso sobre la mesa. Se termino el café, y encendió un cigarrillo, este se termino y encendió otro. El segundo cigarrillo hubose consumido pero el sobre seguía ahí en la mesa. No se iba, y seguía cerrado, era la imagen de la muerte misma, un maldito sobre tamaño legal, era esa la muerte.
Regreso al auto. Continuó el camino. El sobre yacía ahora sobre el asiento trasero, cerrado aun. Llego a una intersección. Doblo a la izquierda y enfilo a casa. Había estado dando vueltas en círculo. En ese momento le asalto la idea de una infidelidad de Aline, imaginó culpables pero no podía encontrar a nadie. Después se río de sus sospechas. –Abriré el sobre y resultara que todo había sido un malentendido- pensaba.
Finalmente, ya cerca de su hogar se aparco, el realmente no lo notó al principio pero lo había hecho frente a la casa de Alexander que estaba de viaje en esos días. Entonces todo cuadro. Todo. Rubén busco el sobre desesperadamente en el asiento del conductor, por un momento pensó que todo había sido una pesadilla y juro ver a Aloisi por el retrovisor. Volvió inmediatamente su mirada y sus ojos se clavaron sobre el sobre. Lo tomo desesperadamente y del mismo modo lo abrió. Todo cuadro.
-Karen negativo… Ulises negativo… Rodolfo negativo
Un grito tan quejumbroso no fue jamás escuchado. Tanto dolor viajo con ese sonido que más de un vecino se asomo por la ventana.
Rubén llegó a casa. Abrió la puerta lentamente sin hacer ruido y la encontró fácilmente. Aline dormía placidamente en el sofá de la sala, la televisión estaba encendida y una botella de licor vacía descansaba sobre la mesa de centro. En la cocina se escuchaba el silbido de una tetera lista. Aline había querido preparar te. Rubén fue hasta la cochera y ahí busco entre los instrumentos de jardinería. Encontró un hacha y después encontró aun en su caja una De Walt 1300, la mejor sierra eléctrica jamás construida.
El sonido de la sierra al encenderse fue estruendoso. La partió en trozos. Y cuando la luz entro a sus entrañas el color rojo salto a la vista. Su intenso color rojo. Cruzo por el agujero y lo vio en su mismo sitio de siempre.
-Tú me quitaste a mi orgullo. Yo te quitare al tuyo.
Entro. No tuvo que encender la luz. No era necesario. Los dientes de la sierra atravesaron primero el capo. Con el hacha el parabrisas se hizo añicos. Después los costados. El toldo se partió como papel aluminio. Las llantas tronaron al ser violadas y sus rines de acero tan lustros como un espejo no lo fueron más. El motor quedó al descubierto y se decidió por destruirlo a golpes de hacha. La piel de la tapicería fue rasgada como por las garras de un demonio y al final después de quince minutos de furia no quedaron más que añicos del Masseratti.
Rubén regreso a casa por segunda vez esa noche. Dejo el hacha en la puerta. Aun amaba a Aline pero tenia que probar si ella le amaba. Estaba muy molesto todavía y el sonido de la tetera le encrespo los nervios. Fue hasta la cocina y apagó el fuego de la estufa pero entonces encontró el modo. Ato las manos y pies de Aline que todavía yacía sobre el sofá. El se sentó a su lado y tenía un vaso con agua helada en una mano y a su costado dos cubetas con agua que emitían vapor. Vertió el agua del vaso sobre el rostro de Aline que aun estaba ebria pero que despertó turbada.
-¿Me amas?- preguntó el.
-¿Qué pasa? ¿Por que estoy atada?
-¿¡Me amas?!
-Mas que a nadie en el mundo.
-Mentirosa.
-¿Qué ocurre? ¿Rubén?
-¿Me fuiste infiel?
-Nunca.
-Piensalo otra vez. Abre tu memoria. Esta en juego tu vida.
Aline hecho un vistazo entonces a las cubetas que contenían el agua hirviendo.
-¿Qué haces con eso?
- ¡¿Me fuiste infiel!?
-¡Rubén… por favor!- dijo una sollozante Aline que intentaba librase de sus ataduras y que comprendía perfectamente su situación.
-¡Maldita sea! ¡¿Me fuiste infiel?! ¡Contesta maldita puta!
Aline no podía apartar la vista de las cubetas. Una lágrima se escurrió por su mejilla. Su tersa mejilla pues ella era aun extremadamente bella. Dio un respiro y ceso en su intento por soltarse, miro a Rubén a los ojos y al fin dijo –Nunca jamás.
Rubén estallo en cólera y Aline cerro los ojos. El agua hirviendo le callo directo sobre el rostro y el torso. Grito de agudo sufrimiento y mas aun cuando la segunda marejada de agua le fue vertida. Rubén loco de ira le pateo todavía mientras ella se contorsionaba en el suelo por el intenso dolor.
En eso una llamada al celular de Rubén interrumpió aquello. Rubén dudo en contestar pero al fin lo hizo pues era perfecto para una coartada.
-¡Cállate!- le gritó al estropajo de ser humano que se arrastraba por el suelo desollándose con la alfombra.
-¿Bueno?
-Bueno. ¿Señor Rubén? Soy yo el doctor Méndez. Solo llamaba para disculparme por todo lo que le hecho pasar. Ya supe de los resultados y solo quiero pedirle que sea comprensivo y no nos levante una demanda. Las enfermedades mutan y nos dan sorpresas como esta. ¿Recuerda? La ruleta de la genética.
-¿A que se refiere?
-¿No ha abierto el sobre con los resultados?
-Ya lo hice.
-Entonces ha comprobado que sus hijos si son sus hijos. Eso viene escrito en la segunda hoja. Al parecer la enfermedad se ha transformado y no es necesario que los dos padres sean portadores del gen…
-Decía negativo.
-Así es, eso son buenas noticias. Quiere decir que sus hijos si son suyos. ¿Señor Rubén? ¿Señor Rubén sigue ahí? ¿Bueno? ¿Señor Rubén?
FINE.
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Recuerda, recuerda
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