El último mate de Cristóbal Colón
[left:be3f9248ba]http://img441.imageshack.us/img441/7438/images1mu.jpg[/left:be3f9248ba]Fue así. Cuando Colón llegó a América no desembarcó en Santo Domingo, sino a orillas de un río ancho que tiempo después llamarían “de la plata”. Y no se encontró con indios emplumados y cacatúas multicolores, sino con una raza de nostálgicos engominados que se hacían llamar “los porteños”. Ya los mencionaba Platón, junto con la Atlántida, como un pueblo milenario y de costumbres contradictorias. Esto confirma esa teoría de que los porteños existen incluso antes de la fundación de Buenos Aires.
Y ahí estaba Don Cristóbal, en Valladolid, catorce años después en su lecho de muerte y cebándose el que presentía iba a ser su último mate, y recordando la historia del primero, que fue mas o menos así.
Ni bien Don Cristóbal desembarcó en la costa del rio de la plata, se separó del resto de la tripulación y se puso a explorar sólo un desierto de pastizales. Así se le hizo la noche, ya se estaba por volver cuando de pronto dio con una aldea sembrada de faroles y callecitas empedradas. En el medio de la aldea un monolito blanco e imponente, como de unos sesenta metros de alto.
- A este le deben rendir sacrificios cuando las cosas no van bien –reflexionó Colón.
Ahí nomás se puso a caminar en busca de nativos. Al rato encontró un grupo de muchachos que silbaban bajito apoyados sobre un farol.
- ¿Y ustedes quienes son?- preguntó Don Cristóbal
Los muchachos se dieron cuenta que Colón no era del barrio.
- Somos los porteños. ¿Y vos quien sos?
- Soy Cristóbal Colón en persona. He leído mucho sobre ustedes, dicen que son un pueblo melancólico.
- Es cierto -le respondieron- pero también nos gusta la milonga y el carnaval. ¿Nos acompaña?
Don Cristóbal, contento de poder participar de rituales autóctonos decidió seguirlos. En el camino aprendió mucho sobre los nativos. Por ejemplo, que todos se llamaban Mario, Carlos o Carlitos, que vestían unos ropajes, zapatos y sombrero que a Colón le parecieron muy avanzados para su época, que según los comentarios, en la aldea habitaban las mujeres mas bellas del mundo, aunque todavía no había visto ni una. Descubrió la música, cada vez que doblaba en una esquina sus oídos sintonizaban una melodía que lo hacía añorar a los amigos que nunca había tenido, el cafetín al que nunca había entrado, y la mina a la que jamás había besado. Era esa una extraña sensación de querer llorar un pasado que de hecho le era inexistente. También tuvo el honor de conocer a Gilberto, el perro callejero que tenía el don de reconocer a los hombres que habian traicionado a sus amigos. Dicen que todos los perros tienen esa capacidad, solo que Gilberto era muy botón y los perseguia a ladridos por todo el barrio.
De pronto a Colón se le ocurrió preguntar,
- O sea que ustedes son los primeros habitantes de estas tierras... (ya se sentia todo un antropólogo)
- No no –contestó el porteño- los primeros en llegar están unos kilómetros al sur persiguiendo ñandúes con las boleadoras. Nosotros preferimos perseguir mujeres hermosas y morir de pena en un rincón cuando no logramos alcanzarlas.
- ¿Y donde están esas mujeres? –se apresuró Don Cristóbal.
- Ahí...todas en sus ventanitas.
Colón desvió la vista hacia callejón angosto y pintoresco que no parecía terminar sino hasta en el mismo horizonte. Sobre ambas veredas desfilaban casas de todos los tamaños y colores imaginables, en cuyas ventanas y balcones podían verse expectantes a las muchachas mas bellas del mundo. Morochas, rubias, pelirrojas, castañas…
- Y eso que he viajado, eh! – se dijo Colón sin poder salir del asombro.
- Todas se llaman Juana, María o Margarita – le dijeron los muchachos.
Ahí nomás comenzaron a contarle sus historias con todas. Y como habian empezado a quererlo, hasta le revelaron los secretos sobre cómo chamuyar a cada una. La verdad es que Colón no podía estar pasandola mejor. Todo era mágico y prometedor hasta que tuvo la mala suerte de enamorarse de la hermana de uno. La vió allí, entre las demás, y no sólo era la más linda, sino que además la muchacha tuvo la adultez (o la picardía) de bajarse de su ventanita y cebarle a Colón su primer mate. Don Cristóbal respetaba eso. Se quedaron mirando largo rato, unidos apenas por una bombilla que iba y venía en los labios de los enamorados. Pero la dicha duraría poco.
- ¿Cuál es tu nombre- lanzó Colón- Juana, María o Margarita?
Antes que la piba pudiese responder, ya los muchachos venían corriendo hacia él en una actitud poco amistosa. Uno de ellos, el hermano de la chica, traía otro mate en la mano, que sin dar muchas vueltas ofreció a Colón. El mate estaba lavado. Un símbolo de desprecio en criollo que Don Cristóbal no comprendió sino hasta que se vio perseguido por la muchachada que le arrojaba cascotes y lo amenazaba agitando sus cuchillos. A la corrida se le sumó Gilberto, el perro delator de amigos traicioneros. Ahí Colón supo que no había nada que hacer. Resignado se internó en los pastizales y corrió lo más rápido que pudo. Detrás suyo fueron quedando las luces de los farolitos y las melodías esquineras. Al rato dio un último vistazo para descubrir apenas la punta del gran monolito blanco que se alzaba en medio de la aldea. Después, partió bajo el burlón mirar de unas estrellas que de hecho, nunca más lo vieron volver.
Hoy los libros aseguran “Colon murió sin saber que habia descubierto América”, como si fuese tan trágico morir ignorando que se encontró aquello que no se buscaba. Y qué América hoy sea América por un tal Américo no es motivo para que Colón se revuelque en su tumba. Las penas son en vida, y al momento de morir, cuando todavía se está vivo para saber que se muere ignorando aquello que siempre se quiso saber. Y Colón murió con una pena, la de no saber como se llamaba la mujer que le cebó su primer mate. Así fue que en su lecho de muerte, dicen que encomendó su alma a Dios, y en vez de un ultimo suspiro, guardó el aliento que le quedaba para tomar su último mate y morir pensando en Juana, en María, o tal vez en Margarita.
Guillermo. (c)