Mala idea, mal momento. (La violencia engendra...)
Afuera, se escuchan solo gritos y ninguna detonación, el olor a gas lacrimógeno hace difícil mantener los ojos abiertos en esta celda del Ministerio de Gobernación y tengo los peores presentimientos.
Siento que bien pueden ser estas, las últimas letras que me sea posible escribir y me despido de mis seres queridos: enumerarlos además de odioso, resultaría ofensivo por la sencilla razón de que ellos y ellas saben cuanto los quise. Espero que mis acciones estos últimos meses no les dañen más aún. Pido de todos modos -a ellos-disculpas por el mal momento que mi mala idea les ha generado, a la gente que quiera saberlo, quiero proclamar que no me arrepiento ni creo tener mayor culpa.
El guardia responsable de mi persona acaba de gritar que rece y me despida, la masa de infames populistas se apresta a sacarme de mi celda para lincharme en la calle. Él ha escapado por una ventana que da al garaje de una empresa de construcción, infeliz uniformado, al menos podía arrojarme las llaves para que intente salvarme.
Los gritos se acercan, se oyen dos detonaciones y mas aullidos, parece que no pueden forzar la puerta del primer sector; encerrado en una celda sucia con dos macizos candados chinos, me invade la desesperación.
Algo ocurre y los gritos no llegan a franquear el primer retén de este vetusto edificio. Rezo, me encomiendo a la virgencita y trato de no perder la compostura. Se oye un disparo, más gritos, más disparos y se hace obvio que la turba acaba de rebasar su primer impedimento y se dirigen aquí, por mí.
Es cierto: en momentos como estos, la vida del condenado pasa ante sus ojos y oídos cual resumen relámpago, arrepentimientos, disculpas, resignación.
Solo cinco meses atrás, golpeado y desesperado veía azorado como dejaban inconsciente a mi padre y a un anciano tío, un grupo de resentidos nativos marchistas de alguna perdida provincia. Cinco meses atrás, los primos Márquez juraban -ante el ataúd del tío Sergio -el único Márquez pacifista- desenterrar el hacha de la guerra, guardada por nuestros parientes veintitrés años atrás. El temido grupo Marqueses Negros (en sus momentos perseguido por cuanto gobernante tomase el poder) renacía y esta vez se declaraba de extrema derecha: ¡Por la supremacía urbana! ¡Contra la insolencia ignorante de llamas de ojota y ciego resentimiento!
Por cuatro meses, la banda de cuatro Marqueses Negros originales creció insospechadamente, llegándose a conformar un realmente enorme grupo de Marqueses Negros que declararon la guerra a los eternos marchistas y saqueadores que deambulan por este país de Guiness.
Todo se hizo más y más complejo y los treinta muertos atribuidos a los Marqueses en realidad resultó en pobre estimación producto de una orden oficial de minimizar el impacto que llegó a tener en el inconsciente urbano, la feroz banda de cabezas rapadas autoasignada a la venganza urbana y al empleo de fuerza bruta contra bruta fuerza.
Hasta que varios fuimos atrapados por el gobierno y la operación de rescate falló. Sumariamente se me juzgó y condenó por treinta años; no contentos con el trámite, el oficialismo y su chusma resolvieron lincharme -para escarmentar a los citadinos endemoniados- y eso es lo que harán en un momento.
Podría concluir este mensaje postrero, afirmando que me arrepiento y pidiendo perdón por el dolor que causé a quien sabe cuantos hogares idólatras y de izquierda populista. Pero por ningún motivo lo haría, nadie me saca de mi rapada cabeza que es legítimo defenderse, y que la mejor defensa es el ataque.
Los gritos me dicen que está todo por concluir, ya violentan la puerta y siento su característico olor, se darán una fiesta estos cabrones. Adiós.
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