CÓMO ENTRAR EN UN CALLEJÓN
En el sótano estuvo apunto de decírselo por primera vez, y esto fue así porque ella se mostraba tan, tan interesante que casi se lo larga todo de un tirón, pero prefirió no decir nada, que ya habría tiempo de que se enterara.
En el sótano ella estuvo a punto de decírselo por primera vez, y esto fue así porque él se mostraba tan, tan interesado que casi se lo larga todo de un tirón: “Gabriel, no sos mi tipo, no me gustás y puntoâ€Â?.
Pero Gabriel seguía construyendo y ella seguía derribando. En algún momento creyó entrever su posible reacción si le dijera... pero prefería mantener la ilusión y no desanimarse. Él estaba sólido por dentro, sólido y roto como está todo lo que es sólido; y recordó lo más cursi que había pensado y fue justamente cuando Micaela, la prometida en sus mocedades, lo iba a dejar y el no quería, no porque la idea de la soltería le pareciese aburrida sino porque tenía miedo… miedo que en realidad fuese ella la mejor de todos esos clones que caminan sin nombre, sin rostro, con sus relojes pegados a sus muñecas. Todos los muñecos budú que caben en una ciudad chiquita, con personitas que también son chiquitas y con sus paredes como laberintos que los aprietan asfixiándolos.
Todo ese día era duro, duro como una piedra, duro como un martillo, duro como el delicado borde de una estatua de mármol. Todas las decepciones concurrieron a este acto y el duro martillo golpeó el gong de acero sin dejar marca alguna, ni en el martillo ni en el gong; y si le hubiese pegado a la estatua tampoco habría dejado marca. Hay cosas que endurecen pensó vagamente Gabriel.
Se miraron y se hablaron, afuera llovía y Gabriel era él único que se daba cuenta de que las gotitas frías estaban resbalando por la ventana y que los pájaros ya no estaban volando y que si hubiese una calandria afuera, estaría ahogándose y lloviendo en un charco, con frío, rota, sola.
Le dijo que el relojero lo estaba esperando, que el tornillo estaba cada vez más apretado, que la roca era cada vez más dura. Ella entendía pero no le importaba, la repetición de acontecimientos condiciona, acostumbra, inmuniza, y ella era completamente inmune a todo ese líquido que salía de su boca, a todos los ríos violeta que brotaban de sus manos… no porque fuera mala, sino porque no le importaba, ya había cruzado tantos valles que poco le interesaba cruzar uno más. Ella era como un ocaso, como ese momento en que lo tibio deja de serlo y el frío empieza a comer de a poquito los dedos de las manos, para luego lamer los huesos de las palmas y seguir subiendo como un vacío, una boca helada que lo traga todo. Eso exactamente era ella y no otra cosa; ese abandono, ese congelarse lánguido que derrite el témpano indeleble....
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