LA EJECUCION
Frente a él, con frialdad, un hombre lo apunta y lo mide con la vista despaciosamente. Sus ojos preocupados, esperan impacientes la decisión de su enemigo. Mientras, un grupo de personas asisten con todos los sentidos, lo insultan fuertemente y piden brevedad.
Finalmente el verdugo se decide, mira por última vez y dispara. El estallido de voces se consume en el silencio. Miradas perplejas buscan inmortalizar aquel minuto de sufrimiento en la eternidad, captando en sus mentes cada fracción de espanto, con el más deseado sentimiento.
Durante un segundo, un largo y cruel instante, la víctima siente el impacto y la bala penetrar. En agonía y bañado en sudor, cae rotundamente sobre el charco de sangre. Aún gimiendo percibe, en su interior, la inevitable necesidad de querer arrancar de su pecho un último grito. Pero por el contrario, temblando en el suelo y con la mirada fija, reconoce en silencio el fin de su existencia.
Inducido por un sueño profético, determinante a seguir un cierto ritual, su mudo llanto desaparece en la oscuridad. La muerte que había estado dentro de él en aquellos segundos, termina por arrebatarle el alma indoblegadamente.
El cuerpo yace sin vida, desnudo y vencido ante los espectadores, cuales muecas rebosan de alegría. A pocos metros, en la oscuridad, el asesino se justifica con el mejor de los discursos sobre justicia y necesidad. Sádicamente ni él ni ellos, frente al cuerpo, lo reconocen… lo que fue de él no es de importancia, ya no cabe en sus memorias.
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Romina L Marcaletti
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