DULCE MORTE
De a poco la oscuridad apaga el calor de la galería, por la que empiezo a buscarte. El suelo húmedo y azul deja a la vista las huellas de ayer, estuvimos aquí lo recuerdo. No se oye el viento ni tu respiración, pero sé que estás en algún rincón esperándome. Camino despacio y encuentro debajo del umbral una serie de cartas rotas, no me detengo a mirarlas porque reconozco que alguna vez fueron mías.
Me esperas recostado, pero cuando me acerco finalmente, percibo el poco interés que muestras al verme.
-no vine por ti hoy, tampoco lo haré mañana- le miento mirando el techo cubierto de una densa nube que espera gritar.
-lo sé…-me respondes.
Debo confesar, no es tu relajada voz lo que comienza a molestarme, sino tu persistente ausencia, aquella forma irónica de jugar a ignorar lo que sabes. Te deslizas por el corredor, dejando caer tus pasos pesadamente contra el suelo, hasta llegar a la venta en la que te rindes molesto. Es entonces cuando decido retroceder a ciegas y girar para salir del cuarto. Subo las escaleras corriendo, con la respiración seca y las manos bañadas en sudor. Ya me tienes dentro de tu pandemia, pienso mientras me dejo llevar hasta la corrupción. Llego a tu habitación y me apodero del arma.
Minutos más tarde estoy apuntando justo donde creo poder matar.
-no pensé que cambiarías de idea tan idiotamente- me dices riendo, pero esta vez mirándome fijamente a los ojos.
-lo sé….- le respondo sin ganas.
Espero tres segundos y disparo. La sangre parece tan caliente fuera del cuerpo, seguro te hubiese gustado sentirla en tus manos. Pero ella llegó tan rápido que no pudiste ni terminar el grito que creíste empezar.
Un mes antes, el sol despertó antes que tú lo hicieras, demasiado temprano para ir a verme. Aún así, no tardó la lluvia en caer para acompañarte, cuando decidiste hacerlo. El cementerio se veía lleno de gracia, el silencio bullicioso y tu pena demasiado alegre. Dejaste una rosa que nunca me gustó y tu sangre como muestra de afecto. Una mujer se acercó para llenar su soledad con tu compañía:
- demasiado joven para morir ¿no cree?...
La miraste sonriendo y sin responderle te alejaste en silencio, sabiendo que algún día volverías a verme.
|