RAZONES DE SOBRA.
“Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote.”
Borges.
He podido comprobar hace algunos días, sin mayor asombro, que la lectura de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, ya no seduce el espíritu de los jóvenes como en tiempos pasados.
Tal acontecimiento se debe no tanto a su des-actualización y declive como obra moderna, sino más bien al rasgo meramente “sugestivo” que radica en la motivación de los lectores hacia el texto. Las preguntas, entonces, serían: ¿por qué leer el Quijote?, ¿para qué leer el Quijote?
Esta clase de cuestionamientos, llevan de por si un problema axiológico y pedagógico, que por su misma naturaleza, regulan las razones y propósitos de una posible reivindicación del “Caballero de la triste figura”.
Alejándonos de la crítica; que desde hace cuatrocientos años ha posibilitado una descomunal biblioteca quijotesca, y, donde es posible advertir infinidad de estudios sobre temas particulares acerca de la obra resueltos desde lo psicológico, lo lingüístico, lo social, lo político, lo religioso, entre otros; lo necesario aquí, será intentar restablecer y promover el carácter provocativo y agradable del Quijote dentro de las actuales condiciones del mundo contemporáneo.
Sin lugar a dudas, la obra de Cervantes está inmersa dentro del modernismo y, a su vez, tal y como dijo Mario Vargas Llosa, la obra “sentó las bases sobre las que nacería la novela moderna” ; este descubrimiento que fue referido también por otros autores como Ramón de Zubiría , facilita la orientación de una posible estrategia lectora para motivar a la juventud por el maravilloso mundo del “Caballero de la fe” como lo llamó en alguna ocasión Miguel de Unamuno .
El mundo actual está repleto de una literatura que se basa principalmente en el género novelístico. Los jóvenes de hoy prefieren “El señor de los anillos”, “El código da Vinci”, “El club Dante” o las aventuras de “Harry Potter” sin reconocer que estos representantes de la novela moderna son los hijos “menores” de Cervantes. Exhortar a los adolescentes hacia el develamiento del origen de las novelas contemporáneas sería un primer acercamiento a un objeto extraño para ellos como lo es el ingenioso manchego.
Sin embargo, este primer acercamiento no debe llevarse a cabo en solitario, es indispensable tener en cuenta que la motivación debe centrarse en los intereses actuales de los adolescentes que según Arturo Cruz Kronfly se caracterizan por su profundo hedonismo ante la vida.
Aventuras extremas e irreflexivas son las que suelen llevar a cabo los ciudadanos que habitan el mundo consumista de nuestros días: pendencias, líos de faldas, protestas contra el orden establecido, rebeldías morales, revoluciones éticas, búsquedas de identidad y creación de momentos placenteros son los rasgos que identifican la sociedad del siglo XXI. Estas y otras cualidades que hacen posible la vida de nuestros jóvenes contemporáneos pueden verse minimizadas ante la gran proliferación de “afluencias” (el término es de Pedro Salinas) que logran encontrarse, con mayor sorpresa, en la “Novela Paradigma” del Español.
Hacer inverosímiles o escasas las aventuras de nuestros estudiantes ante los exorbitantes y exagerados incidentes de nuestro caballero andante, es una forma de estimular el acercamiento de éstos a la obra.
Más, quizá, lo importante sería mostrar como el estilo espontáneo de Cervantes posibilitó, a través de dos personajes, la inmortalización y caracterización de los dos tipos de seres existentes en el planeta; a diferencia de Borges que, citando a Coleridge, establece que los hombres nacen aristotélicos o Platónicos ; Cervantes con su obra maestra parece afirmar que los hombres nacemos Quijotescos o Sanchescos; los primeros dados al idealismo, a la confirmación de la voluntad de ser, del hacer-se, del “ser-se”, creyentes de su verdad, de su sueño y atados a un mundo interior repleto de actitudes románticas y optimistas; los últimos en cambio; realistas, centrados en el materialismo, dados al mundo exterior, prácticos, empiristas, escépticos y pesimistas por antonomasia; El primero un rebelde; el segundo un conformista; Sancho mostrando siempre su situación trágica de mortal y el Quijote demostrando constantemente la posibilidad de la trascendencia.
He aquí uno de los mejores argumentos para sugerir la lectura del Quijote. No se trata de auscultar la obra en búsqueda de un “algo” importante o legítimo sino de establecer en los lectores la sensibilidad necesaria para que éstos “extraigan de la obra de arte el máximo provecho” .
El ideal fundamental del Quijote no se centra en la posibilidad crítica de la obra ante el mundo ni en la de una contextualización lingüística o académica sino en la polisémica significación que puede tener el libro ante los hombres y ante los siglos.
Desde este punto, el Quijote es más asequible a cualquiera o como lo dijera el bachiller Sansón Carrasco: “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran” (II parte, cap. III).
Además la obra es en si misma un espacio propicio para el entretenimiento, “para que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla” (en el Prologo de Cervantes a su Obra).
Novalis, pensando, quizá, en la ética lectora, afirmó, en alguna ocasión, que al verdadero lector le era preciso ser el autor por extensión . Esta afirmación es la que me llevó a leer toda obra que caía en mis manos con ansiedad y deseo; la inmersión en los libros era un pretexto para reconocer cosas olvidadas, leer era encontrarme, era confirmarme, sin embargo, pasados los años he previsto que tras todas esas asimilaciones literarias nunca logré el propósito de extenderme, de crearme a mi mismo tal y como lo lograra el “bueno” de Alonso Quijano; este cincuentón tras la lectura de innumerables libros de caballería entrevió su destino y sin miedo alguno se propuso ser otro, pero ese sueño teatral, ficticio por excelencia, lo llevó hasta el extremo mismo de convertirse en el Quijote olvidando por completo, mientras duró su andante aventura, al ocioso Quijano, el vejete dado a la simple divagación de las historias medievales.
Cervantes, tristemente Sanchesco, logró por medio de su literatura lo que no pudo su espíritu, que harto de cárceles y aburrido ante las estériles tierras de la
Mancha se dio en la tarea de recrear su “alter ego” para que éste lo sobreviviera. Por eso Cervantes está presente durante toda su obra; unas como comentador, otras, como autor de libros, siempre como personaje y en últimas como amigo entrañable y apasionado lector. Este infinito juego de espejos y cajas chinas que se encuentran en la novela enriquece más su poder de seducción y lo sitúa como una de las obras de más alta competencia ante los intentos de escritores modernos por lograr alguna innovación.
El Quijote no sólo es una novela de entretenimiento o regocijo sino que es “todo un conjunto de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida” . Por eso, si me fuera preciso ese mismo juego fantástico que realizó Cervantes de trastocar lo real con lo irreal, no dudaría en confesarle: “Dígote de verdad que tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo, y que tal modo de contarla ni dejarla jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida”(I parte cap. XX), y no porque su historia sea una de las mejores de la literatura universal sino porque su narración no admite escepticismo, dudas o incertidumbres sino antes aumenta la aceptación, la fe, hace posible el asombro y provoca la relectura tal y como lo advirtiera el contemplativo Coleridge .
A cuatrocientos años de su invención, el Quijote sigue siendo ese amigo entrañable, contemporáneo, vigente y necesario.
“Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento” (II parte, cap. LVIII) por eso a lo mejor una de las mayores razones para incitar a los jóvenes hacia la lectura del Quijote sería la de decirles que si a alguien deben este mundo moderno provisto de condiciones globalizantes, mestizas y cosmopolitas es sin duda al más universal de los seres posibles: Miguel de Cervantes Saavedra.
Además, estoy de acuerdo con Borges de que “los hombres seguirán pensando en Don Quijote porque después de todo hay una cosa que no queremos olvidar: una cosa que nos da vida de tanto en tanto, y que tal vez nos la quita, y esa cosa es la felicidad. Y, a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad”.
Por ésto y muchas otras cosas más que faltaron “vengan más quijotadas, embista don Quijote y hable Sancho Panza” (II parte cap. VI).
POR: LUIS CERVANTES AVELLANEDA.
SEUDÓNIMO DE: ZEUXIS VARGAS ÁLVAREZ.